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La humildad: un valor que debemos rescatar

El secreto de la sabiduría, del poder y del conocimiento es la humildad.

(Ernest Hemingway)

Cuenta la leyenda que Querofonte, un amigo de Sócrates, acudió al oráculo de Delfos para preguntarle si había alguien más sabio en el mundo que el filósofo ateniense.

La respuesta que obtuvo del famoso oráculo fue negativa: nadie había más sabio que Sócrates. Querofonte trasladó el veredicto al propio Sócrates, a quien extrañó, y mucho, tal conclusión.

No en vano, y como bien hemos aprendido a través de los libros de historia, recordemos que él mismo manifestaba en una de sus citas más celebres: “Solo sé que no sé nada…”.

El valor de la humildad

“En la vida hay que ser humilde”. ¿Cuántas veces hemos oído esta frase?

Lo que trata de explicar es que no debemos olvidar de dónde venimos ni lo que cuestan las cosas; también indica que conviene tener en cuenta a los demás y poner los pies en la tierra para no fantasear con delirios de grandeza.

Ser humilde implica conocer, reconocer y aceptar nuestras debilidades, limitaciones y defectos, que van de la mano de nuestras capacidades, aspiraciones, retos, propósitos e intenciones. En definitiva, tener un conocimiento realista y no sesgado de los que somos. Conocernos de tal manera que no exageremos lo que no tenemos.

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Aprender a escuchar y a dialogar

- ¡Hola! ¿Tiene hora?

- Perdone, no fumo.

Voy a comenzar el artículo de este mes con un espléndido cuento de Jorge Bucay, escritor y terapeuta argentino cuya lectura de sus obras recomiendo vivamente.

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Cuentos sobre valores: "En SILENCIO nadie se entiende"

Marcos siempre había sido un niño muy curioso. Ya desde pequeño, lo que más le gustaba era bajar a la calle a explorar. Podía pasarse horas y horas recorriendo todos los rincones de su pequeño pueblo, y lo más divertido era que siempre descubría algún detalle nuevo que no había visto antes.

La historia que quiero contarte sucedió una tarde de primavera. Y bueno, la verdad es que Marcos no estaba haciendo nada especial esa tarde. Al fin y al cabo era un niño de diez años bastante normal; tampoco es que estuviera viviendo aventuras interesantes a todas horas… eso sólo pasaba en los videojuegos.

Esa tarde de primavera, Marcos estaba en su habitación haciendo deberes de matemáticas. Estaba muy concentrado: ¡Cuarto de primaria ya no era ninguna tontería!

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