Cuentos sobre valores: Un príncipe (im)paciente contra un troll algo especial Destacado

    Cuentos sobre valores: Un príncipe (im)paciente contra un troll algo especial Ilustraciones de Nacho Vergara

    Cuentos sobre valores: "Un príncipe (im)paciente contra un troll algo especial"

    Esta es la historia de dos apuestos príncipes que gobernaban dos tierras muy lejanas a nosotros. Enric era el príncipe del Reino Zafiro, y David era el príncipe del Reino Rubí. Enric y David competían por algo muy importante: el amor de Eloísa, la bella princesa de Esmeralda, el reino vecino.

    Llevaban años, desde que eran muy jovencitos, esforzándose por conquistar el corazón de Eloísa… pero ella no se decidía por ninguno de los dos. Lo habían intentado absolutamente todo, pero nada funcionaba. Nada conseguía enamorarla de verdad: ni salir victoriosos de las batallas más arriesgadas, ni las joyas elaboradas con las piedras preciosas de sus reinos, ni los largos paseos con la princesa montada en sus corceles. Lo cierto es que Eloísa no se impresionaba fácilmente.

    Una mañana, un viejo campesino que cultivaba las tierras de David se acercó a la puerta de su castillo y pidió hablar con el príncipe. Sorprendido e intrigado por saber qué tendría para decirle, David accedió a que aquel hombre pasara a su despacho real para hablar personalmente con él.

    Lo vio entrar con su ropa humilde, sus manos sucias de tierra y su piel morena y arrugada de trabajar eternas horas al sol. Su aspecto descuidado destacaba aún más teniendo delante al príncipe David, con sus caros atuendos y los rubíes en su corona. Pero la mirada de aquel campesino era sincera y sabia, así que el príncipe quiso escucharle con mucha atención.

    Como el hombre ya era mayor hablaba muy despacito; pero a David no le importó, porque tenía mucha paciencia.

    —Gracias por recibirme en vuestro castillo, Su Majestad.

    —No hay de qué, buen hombre. ¿Qué es eso tan importante que tiene para comunicarme?

    —Su Majestad: lo que quiero comunicaros servirá como agradecimiento por todo lo que vos me habéis dado. Llevo más de treinta años trabajando vuestras tierras, y gracias a vos nunca me ha faltado alimento para mi familia. Me siento en deuda, y por eso quiero ayudaros a conquistar a la princesa Eloísa.

    La curiosidad de David ahora era inmensa. Ya estaba imaginando mil maneras de recompensar a ese campesino si realmente conseguía que la princesa se enamorara de él. Pero optó por seguir escuchando con mucha calma todo lo que aquel hombre tenía para decirle.

    —Sólo hay una forma de conseguir el amor de la princesa de Esmeralda, y es a través de un objeto encantado que se encuentra escondido en su propio reino. Este objeto concede el deseo del amor de Eloísa a quien lo encuentre y lo use correctamente… pero está muy bien guardado, en una cueva al sur del Reino Esmeralda. Lo custodia un peligroso troll que nadie ha conseguido vencer hasta el momento.

    —¿Qué clase de objeto es? –Preguntó el príncipe David, con energía e ilusión en su tono de voz.

    —Es un pergamino especial. Cuenta la leyenda que, quien lo encuentre, deberá escribir con su propia pluma su nombre y el de la princesa; y, desde ese momento, ella se enamorará perdidamente de él.

    Justo antes de marcharse, el campesino sacó del bolsillo de su pantalón una pequeña bolsita de terciopelo y se la entregó al príncipe David.

    —Esto os servirá de ayuda para vencer al troll –, dijo, y lentamente se marchó.

    David abrió la bolsita con mucho cuidado: esperaba que contuviera algo muy especial, tal vez algún objeto mágico… pero se encontró algo que nunca habría esperado: eran un montón de semillas. Simplemente, semillas. Sin más.

    El príncipe David pasó toda la noche frente a su chimenea, pensando en lo que había ocurrido esa mañana con el campesino y en la posibilidad de conquistar por fin a la princesa Eloísa. No tenía miedo del troll, pero sabía que era una misión demasiado difícil en la que su vida corría peligro.

    Además, también estaba el príncipe Enric, con el que había pasado la vida debatiéndose por el amor de la princesa. Enric también estaba enamorado de ella… Y, por eso, David no se sentía honrado guardando este secreto que le daba una ventaja tan grande. Finalmente, tomó una decisión: lo más justo era que los dos tuvieran igualdad de condiciones.

    Así que, al día siguiente, David viajó hasta el reino Zafiro y le contó a Enric con todo lujo de detalles todo lo que le había dicho el campesino. Aunque no sabía para qué servían, también le entregó al otro príncipe la mitad de las semillas. Y entonces sí: David se sintió tranquilo de conciencia. El príncipe que consiguiera derrotar al peligroso troll y hacerse con el pergamino sería el que de verdad merecería el amor de Eloísa.

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    David y Enric, cada uno por su cuenta, sembraron las semillas en su jardín. Enric se pasaba horas y horas delante de la tierra del jardín, observando ansiosamente qué clase de planta aparecía, y cómo le iba a ayudar a derrotar al troll. ¿Tal vez alguna planta venenosa muy potente? ¿Una planta carnívora? ¿Unos cardos muy espinados? Pero pasaban las semanas… y Enric cada vez se ponía más nervioso: allí no crecía absolutamente nada. No se veía ni un miserable verde. Le echó a la tierra varios productos fertilizantes para acelerar el crecimiento, pero nada ocurría.

    Un día, finalmente, Enric se hartó de tanto esperar. A diferencia de David, la paciencia nunca había sido su virtud, y esto de la jardinería requería demasiada para su gusto. Pensó que los príncipes no tienen por qué esperar a nada ni nadie: “¡Esperar es de cobardes!”, se dijo. “Yo soy un príncipe valiente, así que iré ahora mismo a vencer a ese troll: no necesito esperar a que crezca ninguna estúpida plantita”.

    Y así lo hizo. O, mejor dicho, lo intentó. Dejó de regar esas semillas, que pronto murieron de sed, y se marchó a la cueva del sur del Reino Esmeralda. Intentó de todas las maneras vencer al troll: usó todo tipo de armas y hasta pidió ayuda a sus soldados más fuertes y a las personas más ingeniosas del reino Zafiro… pero no hubo forma de derrotarle. Ese troll era un ser gigante: su cuerpo estaba hecho de una roca durísima, y nada le hacía daño. Y, además de invencible físicamente, también era inteligente: no se le podía engañar con facilidad. Por algo había sido elegido para guardar un objeto tan valioso.

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    El príncipe Enric, después de mil intentos, se sintió muy triste y decepcionado por su fracaso. Montó en su corcel y decidió emprender la vuelta a su reino. Era totalmente imposible entrar a la cueva a buscar ningún objeto. De hecho, ¡¿qué clase de tontería se había creído?! ¡Seguro que no existía ningún objeto encantado! Ese campesino habría engañado al príncipe David con un cuento inventado, pues sólo querría alguna recompensa económica. Enric pensó que era hora de ir olvidándose del amor de Eloísa… nunca lo conseguiría.

    Mientras tanto, en el castillo del príncipe David, las cosas eran muy diferentes. Las semillas de David iban por buen camino. La verdad es que esta planta crecía especialmente lenta en comparación con las demás, pero a David no le importaba: desde siempre había tenido mucha paciencia, así que se le daban bien ese tipo de tareas. Después de muchas semanas, seguramente de meses, cuidándola con esfuerzo y esmero, empezaron a asomar de la tierra unas minúsculas ramitas verdes que, con el paso del tiempo, se fueron convirtiendo en una pequeña plantita.

    Armándose de muchísima paciencia, David esperó hasta la llegada de la primavera, y en esa época del año su planta creció un poquito más. Pero luego vino el calor de verano, que secó algunas de sus hojas; las lluvias del otoño, que le inundaron la tierra; y el frío del invierno, que congeló sus raíces.

    A pesar de todo, el príncipe seguía allí cada día cuidando a su plantita con mucho cariño: la regaba con agua fresca, la resguardaba de las plagas de insectos, le podaba las ramas secas para que creciera con más fuerza… No se dio por vencido, a pesar de lo lento que crecía y lo difícil que era esperar; ¡Con lo enamorado que estaba de la princesa Eloísa y las ganas que tenía de que por fin lo eligiera a él!

    Al final, su espera tuvo recompensa. Había perdido ya la cuenta del tiempo que llevaba esperando; tal vez habían pasado un par de años… y, por fin, la planta sacó una hermosa flor. David se emocionó: ¡Se sentía tan satisfecho y feliz! Aún no tenía ni idea de para qué iba a necesitar esa planta, pero confiaba en el campesino y estaba seguro de que esa flor le ayudaría de alguna manera.

    Era otra vez primavera, y pronto empezaron a crecer muchas más flores de hermosos colores y gran tamaño, con un olor riquísimo. Entonces, David supo que era el momento de viajar al Reino Esmeralda y vencer a ese troll.

    Viajó en su corcel durante horas y horas… Hasta que llegó a la cueva del sur de Esmeralda y se encontró frente a frente con el inmenso troll. David tan sólo llevaba en sus manos un ramo de sus preciadas flores, y nada más. Estaban muy cerca el uno del otro, tanto que el troll empezó a prepararse para la lucha, anticipando un ataque más con miles de armas de esas que podía romper sin problemas apretándolas con sus grandes dedos. Pero no fue así: David se quedó pacientemente esperando a la entrada de la cueva, con las flores en sus manos.

    De repente, y por casualidad, empezó a soplar un viento que por poco le vuela las flores de la mano. Y… ¡Achís! ¡ACHÍS! ¡¡¡¡¡ACHÍS!!!!! El troll empezó a estornudar tan fuerte, tan fuerte, que hizo temblar toda la tierra como si fuera un terremoto.

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    —¡Vaya, qué tenemos aquí! ¡Un troll alérgico al polen! –, exclamó David, sin poder evitar una sonrisa.

    El troll no podía parar de estornudar, una y otra vez. ¡ACHÍS! ¡¡¡ACHÍS!!! Entonces, David aprovechó el despiste del monstruo, acosado por la alergia, y se coló ágilmente dentro de la cueva. Estaba muy oscuro… pero, en el fondo de todo, pudo ver el pergamino encima de una roca.

    Rápidamente, y sin dudarlo, sacó su pluma del bolsillo. La verdad es que no le salió muy buena letra, seguramente por los típicos nervios de saber que a pocos metros de ti hay un troll gigante en pleno ataque de estornudos esperando para matarte. Pero, aun con mala letra, pudo escribir en el pergamino: David y Eloísa.

    Y así, gracias a su paciencia, David consiguió el amor de la bella princesa. Y, ¡por cierto!, a ella le encantaban las flores de esa planta tan especial que el príncipe David conservó en su castillo toda la vida.

    Preguntas para reflexionar sobre el cuento

    -¿Te consideras una persona paciente?

    -¿Para qué crees que puede ser útil tener paciencia?

    -¿Qué cosas hacen que se te acabe la paciencia y te pongas nervioso?

    -En el cuento, ¿por qué crees que era importante tener paciencia?

    -¿Qué lección crees que aprenderá el príncipe Enric cuando se entere de que David ha conseguido el amor de la princesa Eloísa?

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