El mindfulness y la paciencia: grandes aliados desde la infancia Destacado

    El mindfulness y la paciencia: grandes aliados desde la infancia © Depositphotos.com/Yaruta

    El mindfulness y la paciencia: grandes aliados desde la infancia

    Son muchos los beneficios que prácticas como el mindfulness aportan al día a día de los más pequeños y de su entorno.

    Conocer sus principios y cómo llevarlos a la práctica es un camino directo y seguro al conocimiento de uno mismo y al control personal. ¿Te animas a descubrirlo?

    El aquí y ahora de la atención plena

    Muchos vivimos a contrarreloj. El estrés, los compromisos o las tareas familiares y domésticas hacen que acciones tan valiosas como parar, respirar y observarnos a nosotros mismos se conviertan en una tarea compleja.

    Quizá es en esos momentos cuando nos damos cuenta de la importancia de aprender a mantener la calma y la paz interior necesarias que nos lleven a la atención plena de la actividad que en ese momento estamos llevando a cabo.

    “Atención plena” es la traducción más aproximada en castellano del término mindfulness. La atención plena nos permite simplemente ser, tratando de estar atentos al aquí y al ahora.

    Por ejemplo, debido al estrés que nos acompaña, en muchas ocasiones la hora de la comida se convierte en un tiempo dedicado al simple hecho de alimentarnos para, acto seguido, continuar con nuestras obligaciones.

    Sin embargo, comer es un gran momento para ser, para darnos cuenta de los diferentes sabores, texturas y sensaciones que surgen a través de nuestros sentidos, valorando y disfrutando el momento en su totalidad.

    Por tanto, me alegra decirte que no importa tu edad para iniciarte en la práctica de mindfulness. Ahora es el momento perfecto para empezar. 

    Beneficios del mindfulness y la paciencia para los niños

    Son ya muchos los estudios que aseguran y demuestran que practicando enseñanzas de meditación o mindfulness desde edades muy tempranas fomentamos la atención consciente en los más pequeños.

    Así, adquieren una mayor capacidad de relajación y control en la respiración, mejoran la atención y la escucha y la expresión de emociones y desarrollan una actitud más resolutiva de situaciones conflictivas y estresantes.

    Todo esto trae consigo actitudes más calmadas y receptivas que llevan de la mano una mejora en la capacidad de espera y la paciencia por parte de los más pequeños.

    Cuando hablamos de paciencia, podemos llegar a visualizar un vaso medio lleno o medio vacío, en función de cómo se encuentre nuestro nivel de paciencia en ese mismo instante; o quizá estemos ya a la espera de la última gota que será la que, definitivamente, colme el vaso.

    Adentrados en la fascinante aventura de la paternidad, nos encontraremos con nuestros mayores tesoros, nuestros hijos, que van a tener como función poner a prueba en alguna que otra ocasión nuestro nivel de paciencia, intentando encontrar el límite en el adulto para ver hasta dónde puede llegar.

    Esta situación hace que, en muchas ocasiones, la sensación de reto llegue a agotar emocional y físicamente al adulto. Es en ese momento donde pensamientos como “se me ha acabado la paciencia” o “la paciencia tiene un límite” surgen en nuestra mente.

    Seguramente te hayas encontrado en esta tesitura en alguna ocasión, ¿verdad?

    Pero la paciencia la seguimos teniendo ahí: es nuestra… sólo que la situación nos impide gestionarla de la mejor manera posible.

    Aprender a identificar ese momento y controlar los pensamientos que se generan ante dicha situación nos ayudará a llevarla de nuevo a la práctica.

    Piensa por un momento una situación cotidiana en la que sientas que tu paciencia se ha agotado: ya no sabes qué hacer, qué estrategia seguir…

    Seguramente puedan ayudarte el siguiente ejemplo: cada mañana se te presenta como un reto puesto que no hay manera de que tu hijo desayune, se vista, se levante de la cama… y esto te impide salir puntual de casa.

    O bien, como es lógico, se te agota la paciencia y le acabas “echando un cable” para evitar que llegue tarde al colegio.

    Siguiendo la práctica mindfulness, ¿cómo podemos solventar esta situación?

    Practica la atención consciente

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    La atención plena consiste en darnos cuenta de los pensamientos y emociones que se generan en nuestra mente para, posteriormente, identificarlos y darles un nombre. Quizá se llamen enfado, rabia, impotencia, ira, tristeza.

    Una vez identificados ya habremos dado un gran paso; trataremos, a continuación, de darnos cuenta de que son pensamientos que en ese momento se están paseando por nuestra mente, pero que podemos aprender a controlar.

    Son estados emocionales generados por la situación de ese momento. Quizá exista ya cierta predisposición a ello si sabemos que la situación se repite de manera rutinaria (me levanto a primera hora del día ya nervioso porque sé que todas las mañanas me espera el mismo desafío para que mi hijo se levante, desayune, se vista…).

    Pensar en qué nos gustaría cambiar en ese instante o circunstancia nos ayudará a conseguirlo. Quizá podemos probar a levantarnos un poco antes y practicar la respiración consciente, así como encontrar un momento relajado del día para hablar y llegar a un acuerdo con nuestro hijo.

    Buscaremos el momento idóneo para ello, siendo un tiempo de calma y escucha en el que la comunicación auditiva y visual hagan especial acto de presencia.

    En ocasiones, esa falta de escucha, atención o cumplimiento de normas por parte del niño viene como consecuencia de una evidente necesidad de atención. El niño sabe que lo que quiere, y lo que necesita en ese momento es que estén pendientes de él y ser, en cierto modo, el centro de atención.

    Si para ello tiene que incumplir normas, mostrar falta de interés y atención ante lo que el adulto le está diciendo, lo hará. Habrá conseguido lo que quería: llamar la atención.

    Le mostraremos verbalmente y con actos que nuestra atención y escucha hacia él se centrarán especialmente ante la presencia de conductas adecuadas por su parte, valorando y destacando su capacidad y valía para ello.

    Quizá lo que busque no sea llamar la atención, sino que tenga una necesidad de creación de rutinas cuya consecución le enseñará a automatizarlas sin necesidad de recordarle lo que tiene que hacer.

    Al igual que aprende a que es él quien tiene que sacar los juguetes para jugar y ordenarlos en su lugar, aprenderá que diariamente debe llevar a cabo sus hábitos de aseo y autonomía como vestirse, lavarse la cara, desayunar, etc. en el tiempo previsto.

    Consigue logros a través de la motivación

    El refuerzo positivo, el diálogo y la negociación de los pequeños objetivos, así como los registros de entrada en los que sea el niño quien controle sus avances, le ayudarán a motivarse.

    Pero recuerda que los objetivos que nos marquemos serán paulatinos y consensuados con el niño. Se trata de saber qué es lo que queremos conseguir para, a continuación, priorizarlos.

    Quizá queramos empezar por que se vista solo, por que recoja el vaso del desayuno… y prefiramos dejar en último lugar aquello que requiera de mayor esfuerzo para él, fomentando así su motivación al ver que aquellas metas que se había marcado junto con los padres son alcanzadas.

    Esto le traerá alegría, satisfacción personal y un aumento de autoestima.

    Verás que, siguiendo estas pautas, los niveles de enfado, rabia, impotencia, ira y tristeza que nos creaba la sensación de falta de paciencia irán disminuyendo.

    Todo esto apoyado por la felicidad que nos genera el conocernos y escucharnos a nosotros mismos, y que gracias a la atención plena del aquí y el ahora descubrimos y disfrutamos juntos.

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