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“Quien no lo ha dado todo, no ha dado nada” Destacado

    “Quien no lo ha dado todo, no ha dado nada” © Depositphotos.com/ES0lex

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    “Quien no lo ha dado todo, no ha dado nada”

    En todos los asuntos humanos decía James Allen, escritor y filósofo británico conocido por sus libros inspiracionales y por haber acuñado el concepto “autoayuda” que hay esfuerzos, y hay resultados, y la fortaleza del esfuerzo es la medida del resultado.

    Soy, lo digo ya de entrada, un firme creyente en los beneficios netos del esfuerzo para la consecución de cuales quiera que sean las metas que uno se haya propuesto alcanzar. Y es más, tanto por experiencia propia como también por observación ajena, he constatado a lo largo de mi vida que nada verdaderamente valioso se consigue sin una abnegada y tenaz aplicación de energía.

    Y quizá es por ello que me enojan los juicios superficiales (y peyorativos en muchos casos) de todos aquellos que afirman que tal o cual persona ha conseguido algo solo por un mero golpe de fortuna. Sin detenerse jamás, por cierto, a analizar la trayectoria del triunfador ni a considerar qué obstáculos debió superar o que peligros sortear o qué decisiones valientes adoptar en el camino hacia su éxito. Todo lo imputan a la suerte o incluso a una suerte de ayuda divina…

    Dicen que un hombre convirtió en dos años un terreno pedregoso en un jardín lleno de flores, que se hizo famoso en la comarca. Un día un santo varón pasó por el jardín y para que el jardinero no olvidara quién era el Creador Supremo de la obra, le dijo:

    - Jardinero, este jardín tan hermoso es una verdadera bendición que Dios te ha dado.

    El jardinero comprendió el mensaje y le respondió:

    -Tienes razón santo varón. Si no fuese por el sol y por la lluvia, por la tierra y el milagro de las semillas y por las estaciones del año, no tendría ningún jardín; pero deberías haber visto cómo estaba este lugar hace dos años ¡cuándo Dios lo tenía sólo para sí mismo!

    Puede que Dios esté ahí, siempre está ahí, pero son el trabajo aplicado y el esfuerzo permanente los que permiten culminar los proyectos. Es más práctico pensar que lo único que caerá con seguridad del cielo será la lluvia.

    ¡Me lo merezco!

    ¿Cuántas veces hemos pensado que nos merecemos tener un mejor trabajo, unas relaciones personales más satisfactorias o una vida más intensa y llena de aventuras? Resulta obvio señalar que para conseguir algo, en mayor o menor medida, es necesaria la aplicación previa de una intención y de un esfuerzo, cuando no de un claro sacrificio.

    ¿Pero por qué nos es tan difícil desarrollar espíritu de sacrificio? Pues tal vez, y elucubro, porque estamos acostumbrados a tasar nuestro esfuerzo, y a pensar que lo que hacemos es más que suficiente en comparación a lo que hacen otros o considerando lo que nos pagan a cambio.

    Dicho de otra manera: debemos luchar contra tres poderosos enemigos: el egoísmo, la pereza y la comodidad. Y es muy difícil vencerlos, porque el objetivo del cerebro es convertir cualquier actividad que requiere un esfuerzo y se repite, en un automatismo. Y es por eso por lo que nos cuesta tanto hacer las cosas de forma diferente.

    Y sin embargo, la capacidad de sacrificio es una actitud esencial para cualquier desafío, y ello a pesar de su mala prensa. Compromiso, perseverancia, optimismo, superación y servicio, son algunos de los valores que se perfeccionan a un mismo tiempo cuando nos sacrificamos en torno a una causa o a un proyecto.

    La historia está repleta de ejemplos de personajes de origen humilde que hubieron de atravesar un camino colmado de esfuerzo y sacrificio para llegar a convertirse en los número uno de sus respectivas profesiones…

    · Leonardo Del Vecchio, poseedor de una fortuna cercana a los 15.300 millones de dólares, nació en Milán, Italia, hijo de una madre viuda que como no podía mantenerlo a él y a sus cuatro hermanos los envió a todos a un orfanato. De joven fue obrero en una planta automotriz, donde perdió un dedo trabajando con el vidrio.

    A los 23 abrió su propio comercio de cristales, Luxottica, que con los años se convirtió en el mayor fabricante mundial de gafas de sol. Es dueño de algunas de las principales marcas del mercado, entre ellas, Ray-Ban y Oakley.

    · Francois Pinault, con una fortuna de 15.000 millones de dólares, nació en la comuna de Les Champs-Géraux, Francia, en el seno de una familia de escasos recursos. En 1974 abandonó la escuela cansado del hostigamiento al que era sometido por ser pobre.

    Pero ese resentimiento le sirvió como combustible para su ambición, que lo llevó a ser uno de los mayores empresarios mundiales de la moda, conocido por sus despiadadas estrategias comerciales. Actualmente dirige el conglomerado Kering, dueño de marcas de primer nivel, como Gucci, Stella McCartney, Alexander McQueen e Yves Saint Laurent.

    · Ralph Lauren, con una fortuna de 7.700 millones de dólares, nació en Nueva York, en una familia humilde del Bronx. Al poco tiempo de ingresar a la universidad se alistó en el ejército. Luego empezó a trabajar como vendedor en una tienda de ropa de hombres, donde empezó a cuestionar la rigidez de las corbatas que se vendían entonces.

    A los 28 años se lanzó a diseñar y vender sus propios modelos, y en un año ganó medio millón de dólares. Al año siguiente fundó Polo.

    · Oprah Winfrey, con una fortuna estimada de alrededor de 3.000 millones de dólares, nació en Misisipi, Estados Unidos, en una familia muy pobre. En su adolescencia ganó una beca que le permitió ingresar en la Universidad Estatal de Tennessee, pero su sueño era trabajar en los medios de comunicación.

    Así, a los 19 años se convirtió en la primera corresponsal de televisión afroamericana de la historia del país. En 1983, a los 29 años, empezó a trabajar en un talk show que luego pasaría a llamarse The Oprah Winfrey Show, el más famoso del mundo. Hoy es probablemente la mayor figura de la televisión estadounidense.

    · Howard Schultz, con una fortuna de 2.000 millones de dólares, nació en Nueva York y de niño fue enviado a un hogar para pobres. Gracias a su talento para el fútbol americano, obtuvo una beca para la Universidad de Michigan del Norte, lo que le permitió obtener un empleo en Xerox.

    Luego empezó a trabajar en un local de la cadena de cafeterías Starbucks, que en ese momento no tenía más de 60 sucursales. A los 34 años llegó a ser CEO de una compañía que hoy tiene más de 16.000 establecimientos en todo el mundo.

    Todos los personajes que he citado tenían un origen humilde y para llegar a ser los primeros en sus industrias y profesiones, y como podrás colegir, debieron trabajar muy duro.

    En definitiva: aquello que vale la pena, conlleva esfuerzo y comporta un sacrificio. Y es por eso que la búsqueda permanente de caminos fáciles para todo, es un gran error.

    Recordemos las palabras de James Allen con las que abría el artículo: el valor real de un resultado está estrechamente vinculado al esfuerzo desarrollado para obtenerlo. Nadie valora lo que no le ha costado nada conseguir.

    No sabemos lo que somos capaces, porque nunca nos hemos esforzado para averiguarlo

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    Para todos es posible realizar un esfuerzo superior puntual dependiendo de nuestros intereses. La cuestión es que no hemos de movernos solo por réditos pasajeros; debemos de ser constantes en nuestra actitud.

     

    “El continuo esfuerzo – no la fuerza o la inteligencia – es la clave para liberar nuestro potencial.”
    (Winston Churchill).

     

    Y también, cómo no, armarse de paciencia, porque la vida otorga sus dadivas cuando llega el momento y no antes, por mucho que las deseemos. Así que mantengamos la calma y no intentemos forzar las cosas, pues podríamos estropearlas para siempre.

    “La Fábula de la recompensa del esfuerzo”

    Un hombre encontró un capullo de una mariposa y lo llevó a su casa para observar a la mariposa cuando saliera de su envoltura.

    Un día notó un pequeño orificio en el capullo, y entonces se sentó a observar por varias horas, comprobando cómo la mariposa luchaba por poder salir. El hombre la vio que forcejeaba duramente para poder pasar su cuerpo a través del pequeño agujero, hasta que llegó un momento en el que pareció haber cesado de forcejear, pues aparentemente no progresaba en su intento. Parecía como que se hubiera atascado.

    Entonces el hombre, sintiendo lástima, decidió ayudar a la mariposa y con una pequeña tijera corto al lado del agujero para hacerlo más grande, y ahí fue que por fin la mariposa pudo salir del capullo.

    Sin embargo, al salir la mariposa tenía el cuerpo muy hinchado y unas alas pequeñas y dobladas.

    El hombre continuó observando, pues esperaba que en cualquier instante las alas se desdoblaran y crecieran lo suficiente para soportar al cuerpo.

    Pero eso no sucedió y la mariposa solamente podía arrastrarse en círculos con su cuerpecito hinchado y sus alas dobladas. Jamás logró volar.

    Lo que el hombre, en su bondad y apuro, no entendió, fue que la angostura de la apertura del capullo y el esfuerzo de la mariposa por salir por aquel diminuto agujero, eran parte natural del proceso que forzaba fluidos del cuerpo de la mariposa hacia sus alas, con el fin de que estas alcanzasen el tamaño y la fortaleza requeridos para volar.

    Moraleja: si se nos permitiese progresar en todo sin obstáculos, nos convertiríamos en seres mutilados, incapaces de afrontar ningún problema ni salir de ninguna situación adversa. No podríamos crecer y ser tan fuertes como conseguimos serlo a través del esfuerzo, la superación y la constancia.

    Si te ha gustado este artículo, también te gustará: "Reivindicando el valor del esfuerzo", un artículo de las Psicólogas Patricia Ramírez y Yolanda Cuevas

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