Coopera, que algo de bueno queda

    Coopera, que algo de bueno queda © Depositphotos.com/Wavebreakmedia

    La cooperación es, según la Wikipedia, el resultado de una estrategia aplicada al proceso o trabajo desarrollado por grupos de personas o instituciones que comparten un interés u objetivo. Allí, generalmente, son empleados métodos que facilitan la consecución de la meta u objetivo propuesto. Por ejemplo, la cooperación se manifiesta cuando un grupo de vecinos se asocia para obtener alimentos a precios más bajos y forman una cooperativa.

    Hacerlo todo solos suele ser aburrido, además de no crear sinergia. Si nuestras neuronas no cooperasen andaríamos escasos de ideas, aunque en algunas ocasiones mejor sería que ciertas personas no tuviesen malas ideas, o que ninguno de nosotros tuviese neuronas que fabrican ideas malsanas y destructivas del amor propio.

    Coopera, que algo de bueno queda

    Quien coopera en su interior, coopera afuera con otros para crear un mundo mejor. La buena cooperación empieza en uno mismo. ¿Cómo?

    Nuestro mundo interior se refleja en el exterior: si afuera no cooperamos con otras causas y/o con otras personas es porque nuestros distintos ‘yoes’ andan a la gresca, peleados o sin hablarse en varios años.

    El egoísmo que exhiben muchos seres humanos es debido a lo poco que se aman y aprecian.

    A una persona que no es capaz de empatizar consigo mismo le será difícil -cuando no imposible- empatizar con la situación o el sentir de un semejante (más bien lo percibe como algo ajeno a sí mismo, una suerte de extraterrestre con quien no comparte ADN ni alma).

    Las personas generosas son aquellas que saben del sufrimiento, de la soledad, del desamparo, del dolor, de la pérdida… Lo saben porque han empatizado con ellos mismos en vez de optar por conductas de huida de ellos mismos.

    Por consiguiente, al haber interiorizado la travesía del desierto existencial o la noche oscura del alma o habérselas visto cara a cara con las crisis espirituales -y haberlas superado-, están capacitados para empatizar con el sentir y con el dolor ajenos.

    Son capaces de cooperar para crear alegría, pues saben cómo se siente uno cuando la vida le da calabazas.

    Pero no sólo de tristeza y dolor sabe la cooperación. La persona que en su interior alberga un universo de cooperación entre sus emociones, sentires, alma y mente, coopera con otros para crear en ellos un universo de equilibrio psicoemocional y espiritual donde la alegría sea cotidiana, y la dicha, la sal de cada día.

    Cooperar es sinónimo de amor

    Si amas a tus semejantes, cooperas con ellos para crear un mundo mejor. No podemos colaborar en la creación de una sociedad más justa, madura emocional y espiritualmente, si nos embarga el cinismo propio de quien no cree en sí mismo ni lo intenta.

    La incoherencia es hija de la inmadurez emocional, y cuando alguien “ayuda” a otros para alimentar su maltrecho ego o para darle coba a su narcisismo, no coopera, sino que manipula en beneficio propio, y eso es fuente de desastres sociales a la corta y a la larga.

    Para cooperar con otros debemos limpiar primero nuestra casa interior; sólo así seremos unos buenos cooperantes en el bienestar ajeno. Obviamente, si tu vecino es feliz, tú lo serás más. Ir de bueno no genera dignidad ni fomenta la igualdad social. Serlo de verdad, sí.

    Cooperar es sinónimo de compartir con otro lo que en nosotros abunda, ya sea esperanza, confianza, amor, alegría, capacidad de superación, coraje, sinceridad, integridad, devoción, empatía… Y, cómo no, dinero, tiempo, enseñanza, contactos…

     

    Una sociedad en la que sus miembros no cooperan para crear una vida mejor para todos es una sociedad condenada a la miseria espiritual.

     

    No hace falta ir muy lejos para ser un buen cooperante. Basta con echar un vistazo alrededor, empezando por la familia propia. Si no somos capaces de ayudar a un familiar –a un padre, a un hermano, a un hijo…-, ¿cómo podemos ser capaces de ayudar a gente lejana?

    En nuestra comunidad suele haber gente necesitada de apoyo moral, además de monetario o de ideas. El compartir con otros lo que tenemos nos sanea el alma y nos vacuna contra la soledad que se alimenta del egoísmo.

    Cooperando con nosotros mismos

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    Eso sí: si sólo damos dinero pero no nos damos a nosotros (unas palabras de amabilidad, de ánimo, un poco de atención…), no estaremos cooperando desde el alma, sino desde la hipocresía, y eso no es saludable. El dinero es fácil de dar; lo verdaderamente significativo es darnos a nosotros mismos.

    Un buen cooperante de la vida no se queda indiferente ante el dolor ajeno, ni pasa de largo cuando alguien pasa hambre o ha perdido la esperanza.

    Hemos de cooperar para crear una sociedad más justa, más sana a nivel espiritual, más satisfecha consigo misma y menos ansiosa por poseer cosas materiales en detrimento de la abundancia espiritual.

    Si en tu interior hay luchas intestinas, la cooperación que puedas ofrecer estará contaminada. Limpia primero tu interior. Ocúpate de ser tu mejor cooperante, y el mundo tendrá un ángel más.

    Algunas áreas en las que puedes ser un buen cooperante

    - La salud emocional de otros.

    - Animar a alguien a perseguir sus sueños.

    - Acompañar a alguien al hospital.

    - Enseñar a leer en tu idioma a un inmigrante.

    - Darle alimentos a menudo a un mendigo.

    - Regalar abrazos y sonrisas.

    - Cocinar para personas sin hogar.

    - Dar dinero para buenas causas.

    - Enseñar gratis a quienes no tienen medios.

    - Crear un club o asociación en la que apoyes a otras personas a emprender su camino vital, su proyecto…

    - Regalar ideas a quien las necesita y las aprovechará.

    - Dejar tiempo para escuchar a la pareja, a los hijos, a los padres, a los amigos…

    - Estar presente con las personas que nos importen: estar en cuerpo, mente y alma, no sólo como cuerpos que respiran.

    Un mundo mejor es posible si cada uno cooperamos aportando nuestro granito de arena mágico.

    El dolor humano ajeno no nos puede ser ajeno, porque somos humanos. “Hoy por ti, mañana por mí”.

    Y como dijo Newton:

     

     

    “Si llegué tan lejos fue porque iba a hombros de gigantes”.

     

    Entre todos podemos crear una sociedad más justa, sana, igualitaria, espiritual… en la que el vecino no sea alguien desconocido o molesto, sino un semejante al que le suceden cosas como a uno mismo.

    Las palabras de un gran cooperante espiritual (Jesús): “Ama al prójimo como a ti mismo”, deberían ser el mantra que nos animase a ser buenos cooperantes humanos.

    Un mundo mejor es posible. Coopera con tu granito de arena mágico.

    © Rosetta Forner

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