Prostitución: el triunfo de la hipocresía

    Prostitución: el triunfo de la hipocresía © Depositphotos.com/Shmeljov

    Según nuestras autoridades, a partir de ahora el Producto Interior Bruto (PIB) nacional tendrá en cuenta el efecto de ciertas actividades ilícitas o alegales, entre estas últimas la prostitución.

    Los economistas ya lo contabilizan; mientras tanto, los demás seguimos tapándonos los ojos como si esto no existiera.

    Prostitución: el triunfo de la hipocresía

    En 2014 una directiva europea obligará a los estados miembros a contabilizar el tráfico de drogas y la prostitución en sus cuentas nacionales.

    Se trata de ciertos sectores económicos al margen de la legalidad que, en tiempos de sequía económica, constituyen un “caramelo” muy tentador.

    En definitiva, hay que sacar el dinero de debajo de las piedras, y sólo el pastel del sexo de pago supone varios miles de millones de euros.

    Quizás la necesidad económica pueda al fin hacernos menos hipócritas en lo que respecta al oficio más antiguo del mundo.

    Vivimos en la sociedad de la doble moral y de lo políticamente correcto, donde oír hablar a la mayoría de los políticos, elegidos por nosotros, supone un insulto a las neuronas.

    En lo que respecta a ciertos asuntos espinosos, se ha instaurado un estilo particular por el que públicamente manifestamos una cosa cuando en realidad pensamos y hacemos otras muy distintas.

    En definitiva, la normalización de la hipocresía en la sociedad.

    La prostitución nunca va a desaparecer

    Como sexólogo con casi diez años de experiencia profesional no estoy del todo convencido de que sea posible, ni siquiera de que sea recomendable, hacer desaparecer la prostitución, como piden algunas voces.

    El instinto sexual humano es tan potente que antes acabaremos con los bosques y con nosotros mismos como especie que con ella. El deseo sexual no desaparecerá de la faz de la Tierra mientras quede un solo homínido: esto es una realidad biológica incuestionable.

    Por otro lado, tampoco sé si sería bueno acabar con la prostitución.

    Y no me adentro más en el tema: cada uno que saque sus conclusiones, porque aquí es donde se desmadra el asunto, donde cada uno interpreta lo que le da la gana y donde los más radicales enseñan sus colmillos.

    Así que mi propuesta y la de otros mucho millones de personas es que, mientras exista la prostitución, lo único que sí es incuestionable es que no puede seguir tal y  como está.

    Regular la prostitución, una forma de control de la explotación sexual

    Basta con ello. Si existe la prostitución, si nuestra frontera pirenaica es un Silicon Valley del sexo de pago, si, además, en tiempos de crisis nos vendría bien a todos un poco más de ingresos, regularicémosla y, entonces, controlémosla.

    Sólo cuando el Estado entra a fiscalizar con contundencia una actividad, las mafias dejan de campar a sus anchas.

    Pongamos a los inspectores de sanidad y a los de trabajo a controlar el correcto desempeño de la prostitución. ¿Qué ocurre? ¿Nos da vergüenza? ¿Preferimos mirar hacia otro lado? ¿Nos sonrojamos ante algo que existe como si fuésemos adolescentes mojigatos?

    Por economía y por dignidad, la única manera de que la prostitución se limite es regulándola.

    Acabando con las mafias que explotan y chantajean a mujeres indefensas venidas de otros países y que caen en el limbo de sociedades ñoñas como la nuestra que hacen como si no existieran mientras gentuza de la peor calaña se reparte del pastel.

    Simplemente coherencia

    En definitiva, maduremos un poco y seamos honestos.

    Regularicemos y sometamos a control gubernamental este oficio que es la prostitución. Nos guste o no, existe. Y, nos parezca mejor o peor, seguirá existiendo.

    Así que al menos pongamos los medios para que esto se dé en las mejores condiciones higiénico-laborales tanto para trabajadores (también lo hay hombres, pero de ésos ni se habla), como para los usuarios.

    Da igual: mientras nos decidimos y discutimos si sí o si no, la UE nos obligará por puro interés económico a hacer algo que muchos años atrás tendríamos que haber hecho por voluntad propia.

    Como-vencer-el-desamor

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