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La mujer: el sexo fuerte

    La mujer: el sexo fuerte © Depositphotos.com/Fotoduki

    A merced del hombre dominante durante siglos y relegadas a un segundo plano social y doméstico en el que ni siquiera eran tenidas en cuenta como sujetos sexuales: así ha sido el papel de la mujer hasta hace pocas décadas, cuando finalmente han podido descubrir su verdadero potencial íntimo.

    La igualdad y la libertad femenina han contribuido a generar una nueva realidad intersexual a la que no todos han sabido adaptarse satisfactoriamente.

    La mujer: el sexo fuerte

    Salvando las numerosas excepciones con las que nos encontramos al tratar la sexualidad humana, la potencia sexual masculina tiene, por norma general, su punto álgido entre los 18 y los 35 años.

    A lo largo de ese periodo se suman en el hombre la juventud y la progresiva experiencia sexual adquirida con la práctica para permitirle una vivencia más intensa, frecuente y enérgica.

    A partir de los 35 años, la potencia sexual masculina inicia un lento y progresivo descenso hacia una sexualidad más tranquila y mañosa, menos impulsiva.

    Por el contario, el desarrollo sexual femenino es mucho más progresivo.

    De hecho, su periodo de esplendor sexual se sitúa entre los 30 y los 40 años, tiempo en el cual la mujer ha podido acumular la suficiente práctica amatoria e incluso, si ésta ha sido libre, desprovista de bloqueos y placentera, desarrollar la capacidad multiorgásmica.

    Más fuerte frente a las disfunciones sexuales de origen psicológico

    El hombre se toma su propio rendimiento sexual como un reto; una responsabilidad personal en la que se juega parte de su autoestima personal.

    Por norma general los varones tratan de dejar satisfecha a su pareja, lo cual puede ser un factor predisponente para los fallos de la erección.

    Junto a ello, la propia disposición anatómica de los genitales masculinos, en el exterior y bien a la vista, hace que sea imposible fingir: si no hay erección, no hay opción.

    En el caso de la mujer, este factor no cuenta: ellas tienen la opción de fingir que están disfrutando sin que el varón se dé cuenta.

    Podríamos decir que el hombre se lo juega todo a una sola carta, mientras que la mujer tiene su propio as en la manga.

    Ese recurso la hace menos vulnerable a ciertas disfunciones sexuales de origen psicológico propias del varón.

    Más fuerte a nivel físico

    A medida que cumple años, el varón va viendo limitada su capacidad orgásmica. El periodo refractario –el tiempo entre un orgasmo y otro- se incrementa progresivamente con la edad.

    Así que, mientras que el hombre debe economizar orgasmos e, incluso, acercarse al sexo tántrico para incrementar su potencia, la mujer puede desarrollar su capacidad multiorgásmica con la edad.

     A la mujer los orgasmos no la debilitan; al hombre, por el contrario, eyacular le resta fuerzas.

    ¿Cómo podemos incrementar la potencia sexual masculina para acercarla a la femenina?

    Para resolver esta cuestión, en el próximo artículo veremos qué puede aportar la tradición oriental a nuestra sexualidad.

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