Entrevista a Sònia Cervantes: "Lo más importante, en realidad, es saber qué queremos hacer con nuestra vida". Destacado

    Entrevista a Sònia Cervantes: "Lo más importante, en realidad, es saber qué queremos hacer con nuestra vida". Fotografías cortesía de Sònia Cervantes

    Entrevista a Sònia Cervantes, Psicóloga de Hermano Mayor

    Cada semana aparece en Hermano Mayor lidiando con chicos respondones, maleducados y con las hormonas a mil por hora. Jóvenes que abofetean a sus parejas, pegan a sus padres o, simplemente, discuten, y mucho. Pero los bad boys no son su única especialidad. También ha escrito libros sobre cómo convivir con un adolescente o analizado la generación ni-ni, tras haberla estudiado y trabajado. En la siguiente conversación, Sonia Cervantes recomienda no estar permanentemente angustiado, como si el cielo estuviera a punto de caer sobre nuestras cabezas, así como explica qué hay que hacer para que relacionarse con un adolescente no traiga a la memoria la guerra de Corea. 

     

    En los últimos tiempos, ¿qué es lo que más detectas? ¿Problemas de autoestima? ¿Parejas que se rompen?

    Entre los adultos detecto muchísima ansiedad, desasosiego y no saber qué hacer con sus vidas. Esto, a la larga, se cronifica y da lugar a cuadros depresivos si no se ataja en su debido momento. Pero lo que más veo son comportamientos tiránicos de los hijos con sus padres. Llevo 15 años ejerciendo de psicóloga y nunca había observado lo que está sucediendo ahora mismo con los adolescentes. Lo que más me alarma no es la rebeldía de estos chicos, que es propia de la edad, sino que sean unos tiranos, que quieran imponer su poder, algo que, en cambio, debe tratarse como una conducta patológica. Me pone los pelos de punta el incremento de comportamientos machistas que rozan la violencia entre gente muy joven, en chicos de 14, 15 y 16 años.

     

    Entre los adultos detecto muchísima ansiedad, desasosiego y no saber qué hacer con sus vidas

     

    Comportamientos machistas, tanto en chicos como en chicas…

    Sí, efectivamente. Es bastante alarmante que esto esté pasando también entre las chicas. Lo que no podemos permitir las mujeres es decir: “Como los hombres nos habéis dominado durante tantos años, ahora nos toca a nosotras”. No, no se trata de esto, sino de decir: “Como nos habéis estado dominando durante tanto tiempo y no nos ha gustado nada, vamos a terminar con estas dinámicas de dominación”.

     

    ¿Cada vez hay más mujeres que se comportan como machos dominantes?

    Sí, pero he de aclarar que no me gusta hablar de mujeres u hombres, sino de personas. Aunque pueda ser cierto que cada vez más chicas asuman estereotipos masculinos, sigue habiendo muchísimas diferencias en este tema entre mujeres y hombres.

     

    Volvamos a los adolescentes. Si tuvieras que resumir en un minuto por qué los adolescentes son ahora son mucho más violentos, ¿qué dirías?

    Lo primero que diría es que estos chicos son hijos de la generación de los años 80 y de la movida. También es verdad que actualmente los padres tienen menos tiempo que antes para dedicarse plenamente a sus hijos. ¿Por qué? Porque la sociedad obliga a trabajar a los dos miembros de la pareja porque es muy duro salir adelante con un único sueldo. Ha subido mucho la figura de los padres ausentes respecto a mi generación. Esto no es malo si, cuando los padres están en casa, ejercen como tales, son cariñosos e imparten la educación adecuada. Ahora bien, cuando se junta que los padres casi siempre están fuera y que cuando están no transmiten valores ni imponen su autoridad, el problema se agrava. Un segundo tema importante es cuáles son ahora mismo los modelos de referencia para los jóvenes. Lo que vemos en algunos programas de televisión es a gente muy joven que parece que triunfa sin ningún tipo de esfuerzo, que en la gala de la MTV se saca del bolso un porro; chicos que cuentan en televisión que se han acostado con no sé quién y que reciben a cambio un montón de dinero, programas que exhiben a las mujeres como si fuesen floreros o mero ganado… Por último, hay que referirse a las nuevas tecnologías. Los adolescentes cada vez tienen más herramientas para ejercer más control. Cuando nací, en 1974, no había WhatsApp, ni redes sociales, ni teléfonos móviles. Cuando con 15 años me acompañaba a casa un chico y mis padres cerraban la puerta de mi casa y sus padres de la suya, yo no sabía lo que él hacía ni él sabía qué hacía yo. En cambio, ahora esa relación sigue en el muro de Facebook, da lugar a que un adolescente le pregunte al otro por qué le sigue tal chica o tal chico, lleva a preguntar por qué motivo no responde a un WhatsApp, “por qué hay un ´visto´ y no me has dicho nada…”. No quiero decir que internet nos haya hecho más machistas, no, pero sí que ha favorecido ciertas dinámicas de control en mentes todavía inmaduras y en construcción, porque estamos hablando de adolescentes. La cabeza ha de estar muy amueblada para poder manejar lo que vemos, que si el “postureo” (este término es un neologismo acuñado recientemente en las redes sociales para expresar formas de comportamientos de pose, más para cubrir las apariencias que por una verdadera motivación), que si a ver cuántos “me gusta” y retuits tengo, que si el selfie, que si no me ha dicho nada al mensaje que le he mandado… Vivimos permanentemente exhibiendo la vida privada y esto, entre adolescentes, ya digo, puede dar lugar a bastantes problemas. Cuando era pequeña y me iba de vacaciones recuerdo que me compraba un carrete con 36 fotos que no revelaba hasta acabar el verano. Ahora, en cambio, vivimos con una inmediatez brutal. Hace años, la vida y los objetos que poseíamos nos educaban en ser pacientes y nos permitían dominar mejor los impulsos.

     

    Vivimos permanentemente exhibiendo la vida privada y esto, entre adolescentes, da lugar a bastantes problemas.

     

    ¿Qué puede hacer en estos casos una madre o un padre?

    Los padres y madres de estos chicos recibieron una educación muy autoritaria: “Tú calla y haz lo que te digo o te pego un bofetón y te mando a la cama calentito”. Ésta era la educación que había entonces. Paradójicamente, estos padres se han rebelado contra lo que tuvieron que vivir cuando eran adolescentes y han hecho propósito de enmienda mental. Muchos debieron pensar: “Cuando tenga hijos voy a hacer al contrario que mis padres y les voy a dejar que hagan lo que quieran”. Al final, hemos ido de un extremo al otro: de una educación excesivamente autoritaria que alimentaba la rebeldía, a una educación en la que no se ponen normas y límites, lo que está llevando a muchos chavales a tiranizarse y a convertirse en dictadores. Cada vez hay más críos que amenazan a sus padres: “Si no me lo das, verás”, les avisan.

     

    ¿Este fenómeno que está llevando a algunos hijos a pegar y maltratar a sus padres está ocurriendo en otras partes el mundo?

    No dispongo de datos, por lo que no podría contextualizar geográficamente la importancia del fenómeno. Está ocurriendo en Europa, eso desde luego. También en España, donde lo sufren 400.000 familias, aunque sólo 20.000 han denunciado. Sé también que, en Gran Bretaña, el bullyng (el hostigamiento escolar) y la violencia filio-parental van en aumento.

     

    Grosso modo, ¿qué aconsejas a las familias que sufren la violencia de sus hijos?

    La mejor forma de actuar es establecer una serie de normas y límites, así como de pautas de actuación. Pondré un ejemplo. Hay una frase muy típica que se repite: “No puedo más: ¡Mira que me ha hecho mi hijo!” Sin embargo, estas madres y padres tendrían que replantearse todo lo que les han permitido a sus hijos hasta llegar a esta situación. El principal problema de los chavales con un perfil conflictivo es que no tienen empatía. No sienten el dolor ajeno. Tampoco tienen sentimientos de culpa ni remordimientos. Ellos creen que es lo que tienen que hacer. Pero, claro, es que se les ha educado como a los reyes de la casa... Cuando le das un niño o a una niña absolutamente todo lo que quiere, se tiraniza. “Si siempre me has dejado hacer lo que he querido y siempre me lo has dado todo, ¿por qué ahora no me lo das?”, se preguntan. Por eso hay que enseñar a los padres a educar en el “no”, pero con cuidado, sin dejar de ser cariñosos, porque ellos lo necesitan mucho y, a partir de ahí, ver cuáles son los problemas individuales de cada chaval: si son amorosos, si están consumiendo alguna sustancia que no les va a traer nada bueno, si tienen muchísima inseguridad personal.... Hablamos de los hijos del bienestar. Ahora mismo, ya no es posible afirmar que la violencia filio-parental se da en clases bajas, porque actualmente se encuentra en las clases altas, medias y bajas. Si acaso, los chavales que durante los años de bonanza recibían de sus padres todo y más, ahora, con la crisis económica y las estrecheces, son más problemáticos, porque no entienden que sus progenitores no les sigan comprando un montón de ropa, las últimas videoconsolas, etc.

     

    El principal problema de los chavales con un perfil conflictivo es que no tienen empatía. No sienten el dolor ajeno. Tampoco tienen sentimientos de culpa ni remordimientos.

     

    ¿De qué edades hablamos?

    Aunque he conocido a chavales que con nueve años tienen conductas tiránicas, la edad conflictiva es de los 13 a los 17 años de promedio. Si no se actúa a esta edad, cuando suelen haber ya muchos síntomas, luego los problemas se agravan.

     

    ¿Se trata de algo curable?

    Más que curable, mejorable, siempre, claro, que el trabajo lo hagan todos, padres e hijos.

     

    ¿En qué plazo de tiempo se advierte ya una mejoría?

    Con sesiones semanales, a partir de los dos meses empiezan a haber resultados, mientras que al medio año suele haber una clara mejoría. Para revertir la situación, fíjate que cosa más rara, los padres tienen que aprender a aplicar sanciones, algo que la mayoría no sabe hacer. Lo que no puede ser es castigar a tu hija sin móvil durante un mes porque no ha recogido su cuarto, porque eso es una barbaridad. Ni tampoco que, porque no quiera comer, lo dejes sin jugar a la Play, porque no tiene nada que ver una cosa con la otra. El castigo ha de ser proporcional y guardar relación con la mala conducta que se intenta corregir.

     

    Los padres tiene que aprender a aplicar sanciones, algo que pocos saben hacer.  

     

    ¿Qué hay que hacer, pues, con un adolescente que se niega a ordenar su cuarto?

    Lo primero que conviene aclarar es qué entiende cada uno por orden, porque un padre puede tener un concepto del orden muy diferente al de sus hijos. Muchas veces es tan sencillo como decirle al chico: “Lo que no se recoge, desaparece”. Por ejemplo, si la chaqueta ha de estar colgada ahí y tu hijo la tiene en el suelo, pues se lo dices. Pero siempre dejándole tiempo para que pueda hacer lo que le has pedido, en lugar de aplicar la sanción inmediatamente. Es importante decir bien las cosas. Por ejemplo, “hijo, me gustaría que pusieras la chaqueta en el armario. Tienes hasta las doce del mediodía para hacerlo, ¿vale? Pero si a esa hora todavía no la has colgado, durante una semana no la vas a tener”. Te sorprenderá saber que cada vez hay más padres que bajan bolsas grandes del supermercado, llenas de ropa de sus hijos, al maletero del coche. Esto es algo, por ejemplo, que yo recomiendo y que los adolescentes entienden. El problema es que, si les quitas el móvil en lugar de la chaqueta, ellos lo van a considerar una injusticia, lo que todavía les va a generar más rebeldía. Pero, insisto: nunca hay que aplicar el castigo enseguida. Cualquier conductor sabe qué sanción, más o menos, ha de pagar por cometer una infracción de tráfico, como aparcar indebidamente, saltarse un stop o conducir borracho. Es decir, cuando tú te saltas estas normas voluntariamente sabes a qué castigos te expones. Sabes que si das positivo por alcoholemia te pueden sancionar con varios puntos y la retirada del carnet de conducir, además de con una cantidad económica. En cambio, estos chavales no saben lo que se están jugando. Quizá, si lo supieran, no lo harían. El problema es que las sanciones por mala conducta no están claras ni bien delimitadas.

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    Es decir, que tendría que haber algo así como un código de circulación para adolescentes…

    En uno de mis libros afirmo que los padres han de señalizar las carreteras para los adolescentes. Luego, que ellos hagan lo que les dé la gana, que obedezcan las señales o no, pero sabiendo a qué se exponen. Si yo le digo a mi hijo: “Utiliza el móvil, pero a las 10 de la noche tiene que estar apagado. Y quiero que sepas una cosa: si no apagas el móvil hoy a las diez de la noche, mañana no vas a tener móvil, porque no puedo confiar en ti. ¿Aceptas?”. Si son las 10 de la noche y sigue con el móvil encendido, hay que volver a hablar con el adolescente y decirle: “Escucha, son ya las 10 de la noche: si en cinco minutos no apagas el móvil, ya sabes lo que va a pasar… no te lo diré más veces”. Hay que dar tiempo al adolescente pero, al mismo tiempo, dejarlo todo muy bien tipificado. En cambio, si le dices “te quito el móvil” y él te pregunta “¿y hasta cuándo?” y le contestas “hasta que te portes bien”, ya puedes contar que se intentará portar bien en 30 segundos, porque lo que más quiere en el mundo es su móvil. Aquí los padres van un poco perdidos. Pero en cuanto empiezan a tener claro lo que acabo de explicar, es decir, que han de existir unas reglas justas, las cosas mejoran bastante.

     

    ¿Desde el principio la cosa va mejor?

    En un primer momento puede haber un respingo. Tras las primeras tres o cuatro sesiones algunos padres suelen decirme que la cosa está peor. “Eso es una buena señal”, les digo, porque el chaval está enfadado al ver que no se sale con la suya, pero eso es positivo, porque al menos está cambiando algo. Si el chaval sigue igual, malo.

     

    Hermano Mayor ya va por su octava temporada. ¿Qué has aprendido sobre la condición humana durante este tiempo?

    Bueno, yo no estuve al principio. Comencé a colaborar de forma aislada a partir de la segunda temporada y a estar desde la tercera. ¿Qué he aprendido? Que el cambio es posible.

     

    Personalmente, ¿cuáles han sido los casos que te han impactado más?

    No me puedo pronunciar en este sentido. A pesar de que todos los casos tienen un mismo perfil, sí que ha habido un par en los que me habéis podido ver en televisión llorando.

     

    Recuérdalos, por favor…

    Me refiero a Alfonso y Dakota. Lo que hacía Alfonso era chantajear a sus padres aprovechando que padecía insuficiencia renal, una enfermedad grave. Si no se tomaba la medicación su vida podía correr peligro, así que extorsionaba a sus padres diciéndoles: “Si no me das tal cosa, no me tomo la medicación”. Entonces, claro, ante la disyuntiva de que su hijo pudiera morir por su culpa, los padres acababan cediendo. Su familia me emocionó muchísimo por ser personas con una fuerza y una unión enormes. En cuanto a Dakota, tenía un duelo patológico por la muerte de su hermano. Desde fuera parecía una niña con un comportamiento inaceptable, pero… ¡había tanto dolor y tristeza detrás que me impactó! He decir que Dakota ahora está estupendamente. Y Alfonso lo mismo.

     

    ¿Mantienes contacto con ellos?

    Sí, me gusta saber cómo están. También los sigo en las redes sociales y de vez en cuando les mando un WhatsApp o me llaman ellos por teléfono…

     

    Si te pidiera un vademécum para no vivir con angustia el presente, ¿qué me recomendarías?

    Lo primero sería acabar con el pesimismo imperante, ¡ya vale! El “¡total, para qué!” es muy peligroso. Luego te diría que el pasado ya lo has escrito, mientras el futuro todavía no. Así que no vale la pena quedarse apenado pensando que cualquier tiempo pasado fue muchísimo mejor o caer en la angustia del “y si, y si, y si, y si…”. Si yo ahora mismo me tomara un Clamoxyl… ¿qué me preguntarías?

     

    Bueno, tal vez te preguntaría si te encuentras bien…

    Bien. Imagínate que te digo: “Espera un momento que me tengo que tomar un antibiótico”. ¿Cuál sería la pregunta más normal?

     

    ¿Te encuentras mal?

    Bien, ahora imagina que te respondo: “No, no, no me pasa nada”. ¿Qué me preguntarías, como haría un periodista curioso, si te respondiera lo anterior?

     

    Pues te haría ver que, pese a no pasarte nada, te acabas de tomar un Clamoxyl tan ricamente.

    Exacto. Pues ahora imagina que yo te contestara: “Ya, no me pasa nada, pero… ¿y si la semana que viene tengo una infección de orina?”.

     

    Algo así me desarmaría, te lo puedo asegurar. Igual saldría de la consulta pensando: “Hay que ver lo previsoras que son las psicólogas”.

    Pues esto que te hace reír lo veo yo continuamente en mi consulta: “Y si pasa esto…”, “y si me ocurre lo otro…”.

     

    La gente sueña con ser inmortal y, claro, esto conduce a la hipocondría.

    Ya, pero no me refiero tan sólo a las enfermedades, sino a la forma de percibir el trabajo, la pareja, etc. “¿Y si me despiden del trabajo?”, “¿Y si no puedo pagar la hipoteca?”, “¿Y si este año no puedo hacer vacaciones?”, “¿Y si dentro de tres años no podemos mandar a nuestra hija a estudiar inglés fuera?”... Lo que no piensa esta gente es que es posible que no la despidan del trabajo o que su hija sea capaz de encontrar un pequeño trabajo en Londres durante el verano con el que pagarse su estancia. Así que el primer punto es acabar con el pesimismo y con los “y si…”.

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    ¿Los “y si…” serían las incertidumbres del futuro?

    El “y si…” es la ansiedad anticipatoria, el sufrimiento inútil. La mayoría de las cosas por las que una persona se preocupa nunca pasan, ¿de acuerdo? Otra cosa que considero importante es salir de la zona de confort. Psicológicamente hablando somos muy comodones. Y ojo, porque la zona de confort no implica bienestar, implica comodidad, pero uno puede estar en una zona de confort malísima y acabar acostumbrándose a que le traten mal. Salir de la zona de confort nos da pánico, porque no nos gusta cambiar. Hay gente que prefiere estar como está, fatal, antes que verse obligada a cambiar.

     

    El ‘y si…’ es la ansiedad anticipatoria, el sufrimiento inútil. La mayoría de las cosas por las que una persona se preocupa nunca pasan.

     

    Ocurre también que el cerebro es muy vago y nos lleva a repetir formas de ser por mero hábito…

    Efectivamente.

     

    ¿Hasta qué punto es importante una buena infancia?

    Es importantísimo, pero no determinante.

     

    ¿Es cierto que la vida es un eterno regreso a la infancia?

    Bueno, esto tiene un nombre: Complejo de Peter Pan.

     

    En todo caso, los niños, con su energía, nos recuerdan algo: que hay que fluir con la vida y dejarse llevar. Cuando éramos pequeños, solo existía el día en que vivíamos, el presente, y no gastábamos energía alguna en imaginar el mañana o recordar el ayer.

    Una buena infancia aumenta la probabilidad de tener un buen concepto de uno mismo y seguridad personal. Pero también hay gente que ha vivido una buena infancia y tiene la autoestima por los suelos, y al contrario, gente que lo pasó pero que muy mal de pequeño y que luego, en cambio, ha podido rehacerse. La infancia está muy bien, pero las experiencias que ocurren después, sean buenas o malas, también acaban pesando lo suyo.

     

    Decía Goethe que la juventud prefiere ser estimulada antes que instruida…

    Sí, señor.

     

    Pero… ¿cómo conseguirlo? Porque para estar motivado no hacen falta ganas, hacen falta motivos…

    Pues esto se consigue educando sin adoctrinar. El objetivo final de una buena educación es conseguir personas libres, autónomas y seguras, capaces de pensar por sí mismas, capaces de tomar decisiones, sin miedos que les resulten paralizantes. Hay que tener temor a cruzar el semáforo en rojo o a consumir drogas, pero no quedar bloqueado por cosas a las que no hay por qué tenerles miedo. No se trata de hacer ovejitas, porque cada uno de nosotros somos tigres. Esto lo suele decir mi amiga Silvia Congost, que es muy buena psicóloga y a la que te recomiendo entrevistar. Silvia cuenta la historia de un tigre que, por haber nacido entre ovejas, llega a creerse una de ellas, hasta que un buen día se encuentra con un tigre que le dice: “¡Pero tú qué haces comiendo hierba, si tú tendrías que rugir!”. 

     

    El objetivo final de una buena educación es conseguir personas libres, autónomas y seguras, capaces de pensar por sí mismas, capaces de tomar decisiones, sin miedos que les resulten paralizantes. 

     

    Hay quien sostiene que cada vez que rompemos una rutina rejuvenecemos de golpe.

    Para vivir muchos años es necesario tener proyectos. No sé si te va a caber lo que te voy a contar pero hay una poesía del doctor Letamendi que explica cómo llegar a cumplir cien años y que tiene mucho que ver con lo que estamos hablando (tras entrar en Google con su tableta, Sonia encuentra la poesía que busca:)

    "Vida honesta y arreglada;

    usar de pocos remedios

    y poner todos los medios

    en no alterarse por nada.

    La comida, moderada;

    ejercicio y distracción;

    no tener nunca aprensión;

    salir al campo un rato;

    poco encierro, mucho trato,

    y continua ocupación”.

    Este poema resume en gran parte lo que hemos hablado y también mi filosofía, por eso la tengo colgada en la nevera.

     

    Conozco a personas tan ocupadas que no tienen tiempo de preocuparse. Pero suelen ser personas muy individualistas y egocéntricas que miran sólo por ellas mismas.

    Antonio Bolinches, un psicólogo con el que trabajé siete años, decía que “si te ocupas, no te preocupas”.

     

    Volviendo a la pregunta, ¿hasta qué punto es importante desafiarse?

    Te responderé haciendo un paralelismo entre el ser humano y el agua. Si no te desafías, eres un estanque de agua. Pero el agua, sin movimiento, se pudre. Un desafío es movimiento, agua que corre. ¿Qué prefieres ser, una charca o un río?

     

    Hemos hablado mucho de los adolescentes, pero no me has contado nada de cómo eras tú durante esta etapa.

    Yo iba atada con un arnés: te lo confirmará mi madre, Antonia. A ver, no es que fuera hiperactiva, pero sí impertinente. Y lo soy, ¡eh! Fui una niña muy movida. A mí lo que me mataba era el reposo. Eso sí, ahora cuando me tengo que relajar, me pongo mi incienso y mi música y hago meditación, mindfulness, respiración controlada, pero… yo lo que necesito es acción. De pequeña fui, cómo te diría, “correctamente desobediente”. Yo era de las que siempre decía “ya va…” y “¿por qué no?”. Me salvó ser buena estudiante. Siempre he sido revoltosa, pero, no sé cómo decir, con buenos sentimientos. Jamás he faltado al respeto a mis padres. A ellos les debo mucho de lo que soy.

     

    Se me ocurre que muchas veces desfiguramos los recuerdos y nos vemos mejores de lo que fuimos realmente. Muchas veces tendemos a “positivizarnos” en exceso para alimentar nuestro ego y poder tirar adelante.

    Según cuentan mis padres, yo era la más tremenda. Era una rebelde sin causa. Sólo bastaba que me pidieras que te acercara el post-it amarillo para que yo te diera el naranja. Siempre me ha gustado llevar la contraria, algo que, según cómo, puede llegar a ser una virtud. También he sido muy quejica, cosa que ahora no soporto. El problema es que se nos ha educado en el “cállate, no la vayas a liar…”. Yo propondría otra cosa: “No te calles y habla, pero sin liarla”, porque si te acostumbras a callarte, a la larga te envenenas. Cuando no escuchamos las propias emociones, el cuerpo comienza a hablar. ¿Cómo? Con migraña, trastornos digestivos, insomnio, contracturas, disfunciones sexuales, problemas cutáneos, somatizaciones. Lo que te está diciendo el cuerpo es: cambia, cambia, cambia….

     

    El problema es que se nos ha educado en el “cállate, no la vayas a liar…”. Yo propondría otra cosa: “No te calles y habla, pero sin liarla”...

     

    Una curiosidad, ¿a quién recurre una psicóloga, por ejemplo tú, cuando las cosas no le van rodadas?

    A otro psicólogo. Es habitual buscarse vías de escape, porque nuestro trabajo implica estar en contacto permanente con el sufrimiento humano.

     

    ¿Cómo te gustaría despedirte de los lectores de El Portal del Hombre?

    Yo les diría que, probablemente, somos la generación con más acceso a la información, pero que tenemos un vacío interior inmenso. Somos la generación más informada pero, a la vez, la más perdida de la historia. No sabemos muy bien adónde vamos ni quién nos lleva... Además, como dicen los norteamericanos, estamos “infoxicados”. Tal como lo veo yo, tendríamos que hablar más con nosotros mismos y dedicar cada día, al menos, media horita a estar con nosotros a solas. Yo lo hago por la noche o por la mañana, dependiendo de si quiero activarme o relajarme. Esto significa estar 30 minutos en una habitación cómoda y, si es posible, sin ningún ruido y ningún aparato tecnológico cerca. Yo recomendaría a los lectores de El Portal del Hombre que, durante media hora al día, intentaran estar con ellos mismos para ver si de verdad se aguantan. Hablamos mucho de que no soportamos a éste ni a éste ni a la otra, pero… ¿nos soportamos a nosotros mismos? Como decía Nietzche, “quien tiene un ‘por qué’ para vivir, encontrará casi siempre el ‘cómo’”. Si yo quiero ir a Italia, ya veré cómo voy. Es posible que vaya en avión, en tren, en coche, en autoestop, en bici o andando; lo único que sé es que iré. Lo más importante, en realidad, es saber lo que queremos hacer.

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