No me quieras tanto… que me asfixias Destacado

    No me quieras tanto… que me asfixias © Depositphotos.com/

    No me quieras tanto…

    que me asfixias.

    O, por favor, quiéreme menos, pero mejor.

    Tras estas palabras tan demoledoras y, en principio, paradójicas, se esconde el modelo relacional de muchas parejas que, a día de hoy, le llaman “amor” a lo que deberían llamar “dependencia”.

    La toxicidad relacional, lejos de ser un modelo obsoleto, parece retomar los primeros puestos en el ranking de las cosas del querer -o del no querer, mejor dicho-.

    El patrón dependiente se caracteriza por una necesidad casi enfermiza de querer permanecer junto al otro por miedo a perderlo o por un gran temor a la soledad.

    Curiosamente, se acaba produciendo el efecto tan temido. Es aquello de “dime qué temes, que te acabará pasando”.

    El pánico a perder a quien “quieren” les lleva a ejercer tal control sobre el otro que, en el mejor de los casos, la otra persona se da cuenta y huye acertadamente como de la pólvora. Las cuerdas demasiado prietas siempre acaban ahorcando.

    Lo observo muy a menudo en el colectivo de parejas muy jóvenes, de entre 15 y 20 años. Son jóvenes con un apego extremo y excesivo hacia su pareja, con actitudes obsesivas y enfermizas que les llevan a idealizar al otro de tal manera que no conciben el mundo sin él.

    Denomino a este modelo relacional como “el mal de Romeo y Julieta”. En esta maravillosa obra de Shakespeare los dos amantes acaban suicidándose: menuda historia de amor... Esta visión, bellísima desde el punto de vista literario, así como ciertas historias de amor cinematográficas o incluso ciertas canciones, no es más que el estandarte del amor tóxico y dependiente.

    Estas historias pueden parecer hermosas, y lo son en sus formas, pero también resultan altamente peligrosas. Recordad por un momento el “sin ti no soy nada” de Amaral o el repetidísimo recurso del “muero sin tu amor” visto en tantas escenas y escuchado en tantas melodías.

    No voy a negar que gustan a la gran mayoría del público (¿a quién no le gusta una buena historia de amor?), pero creedme cuando os digo que son altamente tóxicas desde el punto de vista psicológico. Quizás los Amaral hubieran estado más acertados con un “prefiero estar contigo pero sin ti voy a estar bien”, pero ya no suena tan romántico...

    La persona dependiente no quiere ser amada: lo necesita. Seguramente porque no se quiere lo suficiente ella misma y para compensar ese déficit de autoestima busca constantemente compensarlo exigiendo afecto y cariño a los demás.

    Al principio suele despertar en los otros lo que busca, pues son personas que se hacen querer al inicio pero acaban ahogando a la larga. Tienen dificultades para estar solas y prefieren estar “con quien sea” antes que vivir en solos.

    Llegan a subordinarse, desarrollan relaciones interpersonales de carácter destructivo y viven en un miedo constante al abandono y a la soledad porque desconocen que la única herramienta para ser feliz está en manos de uno mismo.

    Si hay sufrimiento, no hay amor. Lo que duele es el desamor. Si partiéramos de esta premisa, nos ahorraríamos ciertas complicaciones. Hay muchas creencias erróneas alrededor de la relación amorosa que deberíamos desterrar. Entre las más devastadoras se encuentran las siguientes: “Si te quiere te hará llorar”, “si es celoso es porque te quiere” o “sólo existe un amor en la vida”.

    Creer que son ciertas y llevarlas en la mochila nos conducirá al callejón del sufrimiento, de la toxicidad y de la dependencia relacional. El amor es, ante todo, libertad. Si me aman no me atan, y si amo no ato. Si sientes que te limitan, que dejas de ser tú o que te pasas más días llorando que con la sonrisa en la cara, plantéate esa relación seriamente y ahora mismo: no dejes pasar más tiempo. El amor es importante, pero tu tiempo y tu felicidad lo son más.

    ¿Por qué dependemos emocionalmente de otros?

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    Como hemos apuntado antes, son diversas las razones por las que las personas inician o mantienen una relación tóxica y de dependencia.

    Veamos cuáles son las principales:

    - Miedo a la soledad.

    - Temor al abandono.

    - Necesidad (que no deseo) de ser queridos.

    - Baja autoestima.

    - No tener a nadie más.

    Lo mejor de todo es que es posible salir de estas relaciones tóxicas y volver a respirar aire fresco. Ante todo, debes tomar conciencia de que estás en una relación de este tipo. Si tienes la menor sospecha, te recomiendo la lectura de Cuando amar demasiado es depender, de la excepcional psicóloga Silvia Congost. Gracias a su libro muchas personas han sido capaces de abrir los ojos.

    No te tomes a mal los comentarios de la gente más cercana a ti respecto a tu relación, ya que, en ocasiones, lejos de ser críticas destructivas, puede que sean el inicio de tu “despertar”. Escúchalos, sobre todo si son personas que te quieren: a veces desde fuera se ve lo que uno no puede ver desde dentro.

    Si es necesario, acude a algún profesional que pueda asesorarte y te dé herramientas para que ganes fuerza a la hora de tomar la decisión de abandonar el vínculo o bien iniciar una terapia de pareja que pueda desintoxicar la relación.

    No olvides que tú decides con quien quieres estar: esa libertad es sólo tuya. Ten siempre presente que la mejor de las opciones es aquella que te hace feliz; en caso contrario, la mejor opción siempre serás tú.

    Como decía Oscar Wilde, amarse a uno mismo es el principio de una historia de amor eterna. Las otras suelen tener fecha de caducidad...

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