¡Cuánto daño ha hecho Disney a la pareja!

    ¡Cuánto daño ha hecho Disney a la pareja! © Depositphotos.com/Drkskmn

    La princesa indefensa presa en el castillo del malo de la película. El valeroso príncipe, capaz de superar todas las pruebas posibles hasta que la libera. Y, al final, los banquetes de perdices que presagian una felicidad sin fecha de caducidad.

    Así se las gastan las historias que nos cuentan cuando somos pequeños. Años más tarde, aunque como seres adultos nos creamos libres de esas “ñoñerías”, en realidad seguimos siendo víctimas de la influencia de esas enseñanzas.

    ¡Cuánto daño ha hecho Disney a la pareja!

    Hemos de ser justos: en realidad no es sólo Disney quien tiene la culpa.

    El resto se lo reparten en proporciones iguales los cuentos que nos contaban por las noches, las telenovelas, la telebasura que tan alegremente devoramos pese a ser un aniquilador de neuronas, las maravillosas series para adolescentes y toda la “cultura popular” que, quien más quien menos, hemos devorado en nuestra infancia y adolescencia.

    Pero ¿qué relación tiene todo esto con las parejas? ¿Por qué afirmo que hace daño a las relaciones reales?

    Pues sencillamente porque nos muestran un modelo de comportamiento ideal, como el del príncipe o la princesa de turno, que acaba por convertirse en espejo para muchos adultos.

    El efecto de las expectativas en la pareja

    Tras correrse sus aventuras, el príncipe y la princesa logran por fin estar juntos. Se trata del culmen de la historia y el broche de oro que parece prometer la felicidad eterna.

    El final de los cuentos siempre da a entender que los protagonistas serán siempre felices como pareja. Como si una vez juntos la vida conyugal tuviese que ser fácil, es decir, nada más lejos de la realidad.

    En la vida real no siempre se comen perdices y eso no todo el mundo lo lleva bien. De hecho, muchas parejas se plantean si quizás se han equivocado de pareja al ver que en lugar de perdices no hay nada para comer.

    Los cuentos han puesto el listón demasiado alto; como me decía una paciente, “la vida es mucho más cutre de lo que nos gustaría, y esto es algo que cuesta bastante de aceptar”.

    La exigencia

    Las expectativas generan cierto grado de exigencia marital: nosotros también queremos algo que se parezca a lo de los cuentos. E insisto: aunque sea algo inconsciente, ahí está.

    Si mi pareja no se parece al príncipe ideal que me gustaría tener, si a veces no se ducha, si el día a día es un poco aburrida, si escucho que se tira pedos, si no es tan romántica como yo querría, si no tiene inteligencia emocional ni muchas otras características de las que deseamos, entonces nos sentimos defraudados.

    Pero la realidad es que estamos compartiendo nuestra vida con un ser humano, no con un personaje surgido de la imaginación de un escritor.

    Un ser humano tan imperfecto como nosotros que, como mucho, podrá satisfacernos en un determinado porcentaje de nuestras expectativas.

    Así que si tu pareja se asemeja en un 60% o incluso en un 70% al príncipe azul que tanto deseas, ya puedes darte con un canto en los dientes… a no ser que seas de los que piensas que no te vas a contentar con menos del 100% y entonces decidas pasar tu vida entera buscando al “inencontrable perfecto”, como decía mi padre.  

    Así que de lo que se trata es de construir la mejor relación que podamos junto a nuestra pareja, teniendo en cuenta que tampoco hay que aguantar la infelicidad ni conformarse con todo.

    Eso sí: baja un poco las expectativas y las exigencias que haces al otro y comprobarás que muchos de los problemas de pareja se esfuman.

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