Perdonar una infidelidad: ¿Es posible?

    Perdonar una infidelidad: ¿Es posible? © Depositphotos.com/Konradbak

    La infidelidad es el gran fantasma de las relaciones y el mayor temor de muchas personas, que llegan incluso a obsesionarse con el tema.

    No obstante, no siempre suponen el temido fin.

    De hecho, existen muchos más casos de los que podríamos pensar en los que se supera el golpe.

    Perdonar una infidelidad: ¿Es posible?

    Estamos muy influidos por el drama y el sentido de posesión del otro en las relaciones.

    Como siempre digo, por mucho que nos tildemos de modernos seguimos siendo más clásicos (en el mal sentido de la palabra) y antiguos de lo que nos creemos.

    Las películas románticas, las novelas rosa y Disney nos han incrustado en el cerebro desde bien pequeños varios dogmas sobre las relaciones de pareja.

    De ahí que mucha gente afirme sin dudarlo que una infidelidad sería el punto y final de su relación: el pecado mortal imperdonable que condena al otro al fuego eterno.

    Pues bien; un buen número de estas personas termina actuando de forma bien diferente cuando se ven agraviados por los cuernos.

    ¿Qué predispone a cometer una infidelidad?

    Existen tres variables que predisponen a cometer una infidelidad. La primera de ellas es el nivel de madurez personal, que supone grosso modo la capacidad de armonizar el sentido del deber con el del placer.

    El individuo maduro es capaz de actuar desde el autocontrol y la capacidad de frustración, asumiendo que no siempre se puede permitir todo lo que a uno se le antoje.

    Encontrarás una detallada descripción del proceso de desarrollo de la madurez personal en mi libro “El arte de educar con sentido común” (Oniro).

    La segunda variable es la experiencia sexual previa. Precisamente la semana pasada pudiste leer un artículo mío sobre este asunto.

    La experiencia previa es muy útil, pues protege frente a la tentación al ayudar a relativizarla y a evitar con mayor facilidad ser dominados por su espejismo.

    La tercera variable es la calidad de la relación de pareja.

    Es sencillo comprender que una pareja que “va bien” es menos vulnerable a ser infiel que una que arrastra déficits sin control desde hace años.

    Por eso es tan recomendable no mirar hacia otro lado ante los problemas, porque tarde o temprano te pueden estallar entre las manos.

    ¿Qué hacer si ocurre?

    En primer lugar hace falta un tiempo para digerir la situación. En este periodo algunas parejas prefieren separarse temporalmente, mientras que otras siguen juntas.

    Tengamos en cuenta que se trata de un shock del que hay que reponerse. Lo importante de esta primera fase es sacar a relucir toda la información que el agraviado necesite.

    Éste tiene derecho a saber, mientras que el infiel tiene la obligación de darle datos.

    Una vez digerido y si se tiene la intención de perdonar, hay que tener en cuenta que lo único que salvará verdaderamente a la pareja tras una infidelidad es que ello suponga un nuevo comienzo.

    Tal y como dijimos, una de las variables que predisponían a la infidelidad era la mala relación de pareja.

    Por tanto, mejorar aquello que no funciona es un potente cicatrizante de las heridas que la mayoría de parejas apoyan durante esta fase en un terapeuta de pareja.

    Si se decide perdonar y trabajar por mejorar el vínculo, habrá que practicar el “borrón y cuenta nueva”.

    Sólo si hacemos un olvido voluntario del trauma podremos superarlo, pues esto pondrá coto al sufrimiento evitando estar constantemente trayendo el pasado al presente.

    Superar una infidelidad supone mucho trabajo personal, tanto para el infiel como para el afectado.

    Pero, como sabes, tener pareja implica siempre hacer un esfuerzo por convivir, así que no hay nada nuevo en esto.

    Pese a que a nadie le gustaría sufrirla, una infidelidad no siempre es el fin del mundo: muchas veces descubre un nuevo mundo

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