Trabajo con mi pareja: ¿Cómo puede afectarme?

    Trabajo con mi pareja: ¿Cómo puede afectarme? © Depositphotos.com/Pressmaster

    Alberto y Ana trabajan juntos desde hace tres años. Regentan un café-panadería que, pese a la situación económica actual, ha alcanzado cierto renombre en su barrio.

    Ella heredó el oficio de su padre, artesano panadero jubilado, quien a su vez lo había aprendido del abuelo.

    Trabajo con mi pareja: ¿Cómo puede afectarme?

    Muy al contrario, la profesión de Alberto era la de albañil, pero desde que empezó la crisis no había vuelto a trabajar: llevaba cuatro años en paro. Y tampoco sabía nada de pan.

    Tras meditarlo mucho decidieron gastar sus pocos ahorros en reabrir la panadería familiar, transformándola y actualizando la decoración.

    Con la ayuda del padre de Ana, ampliaron la oferta de productos tradicionales que hasta entonces se fabricaban.

    Desde el principio quedó claro que Ana llevaba el oficio de la panadería en la sangre. Lo había vivido desde pequeña.

    A partir del momento en que empezaron a trabajar juntos aparecieron los problemas de pareja.

    Alberto tenía importantes cambios de humor, e incluso en ocasiones pasaba horas “de morros” ignorando a su mujer y hablándole de malos modos en el negocio.

    Sexualmente hacía meses que él no se le acercaba. Ana aguantaba, sabía que el oficio de panadero era duro, madrugaban mucho y despachaban durante horas.

    Sólo tenían un día libre a la semana cada uno y por necesidades del trabajo no podían coincidir. Pero era su única fuente de ingresos y les iba bien.

    La terapia de pareja, una solución para este problema

    En cuanto acudieron a consulta para solucionar sus problemas relacionales quedó bien claro que ambos eran unos trabajadores natos. No era la carga laboral lo que les tenía mal.

    La clave era que Alberto no soportaba que su mujer fuese la jefa.

    Por un lado era consciente de que era ella quien dominaba el oficio y que además era buena desempeñándolo. Pero por otro, el hecho de estar bajo las órdenes de su mujer era algo que su lado “macho” no podía soportar.

    Eso le hacía enfadarse progresivamente a lo largo del día, porque ellos dos junto a sus dos empleadas tenían que sacar adelante la producción y la venta. No había un minuto para respirar.

    Si se puede evitar, más vale no trabajar nunca con la pareja, pues conlleva un estrés añadido al ya de por sí frágil equilibrio de una relación.

    No obstante, como en el caso de Ana y Alberto, el hecho de hablar en consulta sobre la necesidad de cambiar la actitud y de valorar al mismo tiempo que sus esfuerzos estaban siendo muy rentables para la familia supuso un cambio.

    Ana aprendió a hablarle a su marido en un tono más dulce y Alberto cambió su percepción de las habilidades profesionales de su mujer.

    En lugar de sentirse amenazado logró ver las ventajas que ello suponía para su negocio y su familia.

    En definitiva, una pareja que comparte el  trabajo ha de esforzarse más si cabe en la consecución de un buen ambiente laboral, aplicando la inteligencia emocional con mucho más ahínco a la gestión del equipo que conforman.

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