El orgullo: ¿aliado o enemigo de tu relación?

    El orgullo: ¿aliado o enemigo de tu relación? © Depositphotos.com/Michele Piacquadio

    El orgullo es una emoción algo ambigua, que a veces se convierte en un arma de doble filoEl orgullo es amor propio, pero también puede resultar destructivo en ciertas ocasiones.

    Tu relación sentimental es uno de los contextos más propicios para que salga a la luz el orgullo insano, jugando en tu contra en lugar de a tu favor.

    Hoy reflexionaremos: ¿hasta qué punto el orgullo es deseable? ¿Es aliado o enemigo del bienestar emocional de tu relación de pareja?

    El orgullo: ¿aliado o enemigo de tu relación?

    Un poco de orgullo es positivo. El orgullo sano es bueno y necesario: te permite valorar tus logros, apreciar tus cualidades y virtudes, reconocer el trabajo bien hecho… por tanto, fortalece tu autoestima y arraiga tus cimientos, dándote animos para construir más éxitos de cara al futuro.

    Además, el orgullo sano nos anima a no dejarnos pisotear ni manipular por algunos malintencionados.

    No tener nada de orgullo, como le ocurre a algunas personas, puede ser realmente perjudicial para el bienestar personal cuando se fusiona con una personalidad poco asertiva, que se inhibe a sí misma para contentar a los demás, o en este caso a la pareja.

    El orgullo sano es positivo

    En una relación, el orgullo sano es positivo para hacernos respetar, para indicar al otro cuándo algo ha herido nuestro sentimiento y necesitamos distanciarnos un poquito para recomponernos.

    El orgullo también nos ayuda a no permitir que el otro, sin darse cuenta, sobrepase los límites de nuestro terreno más personal, adueñándose de él: es preferible que cada uno tenga su propio espacio (amigos, aficiones, tiempo libre, gustos personales…), compartiendo ambos espacios sin fusionarlos.

    Demasiado orgullo es negativo

    El excesivo orgullo puede aislarnos de tal manera que no nos deje disfrutar al completo de nuestra relación.

    Cuando el orgullo insano nos invade el pecho, nos distanciamos y nos encerramos en nosotros mismos, nos cubrimos con un muro infranqueable que nos aísla del otro.

    Así, nos perdemos la posibilidad de acercarnos y solucionar las cosas, nosotros mismos nos negamos la posibilidad de sentirnos mejor y perpetuamos el malestar, estropeando más y más momentos.

    Hay casos de algunas parejas en las que el orgullo se ha convertido en una herramienta de manipulación: uno de los dos acostumbra a llenarse de orgullo, se ofende y se distancia, pretendiendo con eso que el otro dé el brazo a torcer y le ruegue disculpas para volver a estar bien.

    Ésta se convierte en una dinámica muy dañina que es difícil de romper: debe existir un equilibrio, no puede ser siempre el mismo quien dé el primer paso para acercarse.

    Aprender a dosificar el orgullo

    Para aprender a dosificar el orgullo hay que saber detectar cuándo es oportuno y cuándo no lo es, y en qué cantidad.

    Cuando el orgullo insano se apodera de nosotros, la clave está en ser flexibles, sobrepasar la emoción y racionalizar las consecuencias de dejarnos llevar por el orgullo en esa ocasión.

    Mi consejo es que reflexiones: ¿cuáles son los “síntomas” que te indican que te estás inflando de orgullo, y en qué ocasiones suelen darse?

    La idea es que aprendas a identificar la emoción de orgullo, y así puedas detectarlo cuando aparece en ti o en tu pareja.

    Como es fácil confundirlo con otras emociones, en ocasiones ni siquiera nos damos cuenta de que es orgullo lo que estamos sintiendo.

    En definitiva, el orgullo es una emoción compleja, necesaria pero a la vez peligrosa.

    Es útil en una relación cuando sirve para poner las cosas en su lugar y hacerse valer; sin embargo, se convierte en tóxico cuando es excesivo e injustificado, llevando a la incomunicación y a conductas destructivas y desgastantes para ambos.

    Además, si le damos una vuelta más de tuerca, el orgullo excesivo muchas veces se traduce en miedo a sufrir.

    Es una forma natural que tenemos de protegernos ante el daño que el otro podría hacernos.

    Para no encerrarnos en nuestra coraza, en lugar enfrentar y buscar soluciones tenemos que aprender a reconocer cuándo el orgullo se debe romper —aunque suponga un gran esfuerzo—: la sensación de bienestar y alivio que llega después realmente vale la pena.

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    estefania-monaco-psicologa

     

     

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