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No compitas: mejor esfuérzate en sacar tu mejor versión

    No compitas: mejor esfuérzate en sacar tu mejor versión © Depositphotos.com/SergeyNivens

    No quiero ser la mejor en nada externo a mí misma. Sólo aspiro a ser lo mejor de mí.

    Competir afuera es ir contra nuestra esencia. Competir por lograr la aprobación social sólo nos trae desasosiego.

    No podemos ser el mejor. ¿Cómo vamos a serlo si somos más de seis mil millones de personas en todo el planeta? Absurdo.

    No compitas: mejor esfuérzate en sacar tu mejor versión 

    El CdR (Club del Redil) no quiere que seamos lo mejor de nosotros mismos, que despleguemos las alas y nos convirtamos en seres humanos magníficos que apoyen el desarrollo y la evolución de sus semejantes.

    El CdR nos quiere frustrados, amargados y en constante estado de estrés. Competir estresa mucho, pues se pone el énfasis en el exterior, descuidándose el interior con la consiguiente pérdida de equilibrio interno.

    Se requieren mucha madurez emocional y mucha independencia de espíritu para darle la espalda a las consignas del CdR y dejar de competir afuera para ir a dentro de uno mismo.

    ¿Por qué negarse a competir?

    Porque la competencia es absurda, sencillamente. Sobre todo si ignoramos que el resultado del competir es temporal, esto es, tiene fecha de caducidad. Que nos den un trofeo no significa que seamos mejores seres humanos que el resto.

    Además, el ser el mejor se basa en la percepción cualitativa de otros seres humanos cuyo filtro de la realidad estará más o menos sucio, esto es, su objetividad puede que no sea óptima.

    ¿Para qué competir?

    ¿Para qué nos alegren el ego? Absurdo. Al ego no hay manera de contentarle: dale algo y al rato ya pide más.

     

    El ego disfuncional es un monstruo insaciable, así que mejor domesticarlo que darle de comer.

     

    La genialidad no cotiza en el CdR; no puede hacerlo porque no se somete a las reglas del mundo.

    Obviamente, al ser humano le encanta competir con sus semejantes para así compensar su déficit de autoestima y de autovaloración intrínsecas.

    Si nos amásemos, esto es, si cada uno de nosotros nos aceptásemos tal y como somos, no existiría la competición externa, y usaríamos la energía para convertirnos en maravillosos seres humanos: cada uno se esforzaría en ser lo mejor de sí mismo.

    El hábito no hace al monje

    Imaginemos un top ten (los diez mejores en algo). Particularmente, me surgen algunas preguntas, a saber:

    ¿Cómo saber si esos diez son verdaderamente los diez mejores en su profesión? ¿Fueron elegidos o se han apuntado ellos? ¿Se puede postular libremente la gente, son preseleccionados o frenada su inclusión?

    De ser preseleccionados, ¿según qué criterios lo fueron, quién decidió los criterios y por qué fueron esos y no otros?

    ¿Quiénes son los que deciden los que estarán o no en el top ten? ¿Qué cualidades y calificaciones tienen estos que deciden?

    Si esos diez han pagado por estar ahí, ¿por qué creer que son los diez mejores si pagaron por estar? ¿Qué sucede con los que no han pagado o no se han presentado?

    Mucha gente me dice que estamos en la era del marketing, por lo que las cosas no tienen por qué ser ciertas: basta con que lo parezcan. ¿Acaso no se acuerdan del refrán español “el hábito no hace al monje”? ¿Y del de “las cosas, a veces, no son lo que parecen”?

    Opino que no es la era del marketing la responsable, sino el hecho de que la gente prefiere ir de estúpida o de excesivamente crédula. ¿Acaso les encanta que se la den con queso?

    Rascar, analizar, discernir, pensar… son al parecer tareas demasiado arduas para algunos.

    Empero, el usar nuestras neuronas para plantearnos cuestiones, elaborar preguntas, dudar, cuestionar… son actividades que nos salvan de charlatanes y, a veces, de algo peor.

     

    La demagogia está de moda, y si a ella unimos la estupidez, el desastre está servido: nos la dan con queso, fijo.

     

    Nadie nos hace creer nada si no es con nuestro consentimiento. Ergo, si no le doy el poder de mi vida al CdR sino que mantengo yo las riendas, nadie me hará creer nada que yo no quiera.

    Es más, si en el competir con otros decido yo las reglas, seré libre y mantendré una metaposición disociada y con perspectiva que me permitirá no tratar de alcanzar una zanahoria que, además de falsa, no existe (como el príncipe azul que, además de no ser azul, destiñe).

    Si quieres competir contra ti, allá tú con las consecuencias. Yo, en cambio, te animo a que te comprometas a ser lo mejor de ti.

    Por más que te esfuerces, sólo podrás ser el mejor si logras el favor de terceros. Y, por regla general, esos terceros otorgan el premio a cambio de algo.

    Mi abuela solía decir en valenciano lo siguiente: “Gratis, ningún fraile da cabezazos” (“debaes, ningún flare pega cabotaes”).

    Se refería a que nadie hace inclinaciones de cabeza o genuflexiones gratuitamente, ni hace la pelota, ni hace favores… Esto es, que si te eligen para ser el ganador del mes, ten por seguro que te pasarán una factura (sino varias) escondida.

    El poder, cuando elige, lo hace con favores de ida y vuelta. Es más, deciden ellos las reglas del juego o el tipo de pago por el premio.

    Cuando un jurado otorga un primer premio no está garantizado que se lo den al mejor. Y, de serlo, lo sería respecto de esos otros contra los que compitió en ese momento. Pues, tal vez, sólo tal vez, de haberse presentado otros al concurso, no lo hubiese ganado.

    Susan Boyle (Britains Got Talent2009) dejó estupefacto al mundo con su voz. Sin embargo, no le concedieron el primer premio -juro que no puedo entenderlo-.

    Empero, no reconocerla como ganadora del concurso no le restaba su genialidad ni le quitaba la magia a su voz.

    Su caso, para mí, es el ejemplo paradigmático del por qué no hay que creer en los jurados (es mi opinión, obviamente): no son infalibles. Y, a veces, tampoco son libres para darle el premio al auténticamente mejor en esa ocasión.

    El mejor o los diez mejores no son necesariamente ciertos. Ergo, no inviertas tu tiempo, tu energía y tus esfuerzos en competir en un terreno donde no sólo se hacen trampas, sino que además las desconoces y no puedes hacer nada para combatirlas.

    Me niego a presentarme a concursos

    Muchos (no quiero decir todos) de los premios literarios están preconcedidos, esto es, dados con anterioridad, lo mismo que muchas plazas de funcionarios ya están adjudicadas de antemano -es más, se convoca el concurso para disimular o justificar la adjudicación de las plazas-.

    Sabiendo esto, me niego a presentarme a un concurso literario. Como me dijo mi agente literario: ni ella es de ese tipo de agente a la cual una editorial le debe un favor o la tiene que mimar, ni yo soy la hija, prima, sobrina o amante de ningún top.

    Prefiero dedicarme a ser lo mejor de mí misma. Eso de competir no es para mí. No quiero ser la mejor respecto de otros, ni pagar por estar en un top ten y hacerle creer a la gente que soy buena profesional sólo porque estoy en un cuadro de honor (para el cual he abonado la cuota de peaje, pues de no haberlo hecho no podría aparecer en el mismo).

    Quiero que la gente me descubra en libertad, sin trampa ni cartón.

    Ello no significa que los profesionales y las empresas no puedan ni deban anunciarse. Al revés: uno debe airear sus bondades y dejar que la gente analice, pruebe, compare y, si halla algo mejor, que lo contrate.

    No competir no significa quedarse en casa sin mostrar ni airear las características que nos hacen únicos e irrepetibles. Al contrario: si no compites, con más razón debes salir de casa y publicitar tus bondades, maravillas, resultados…

    Cómprate un Oscar

    No competir significa emplear el tiempo, la creatividad, el ingenio, las energías… en convertirnos en lo mejor de nosotros mismos, y en hacérselo saber al mundo.

    No necesitar la aprobación social nos libera y nos convierte en inalcanzables para la frustración.

    O sea, que el no competir nos permite fluir y dedicarnos a vivir nuestra vida a nuestro aire, acorde a nuestros principios y siendo fieles a nuestros talentos.

    Si compites es porque necesitas la aprobación externa. Y eso te convierte en esclavo de la opinión de los demás.

     

    No compitas, no pierdas el tiempo. Busca en tu interior tu valía y aliméntala.

     

    Valórate y el mundo lo hará. Y, si no lo hace, no te importará, porque tú ya tendrás el tuyo propio.

    Obviamente, si no tienes bastante, siempre te puedes comprar un Oscar y dártelo cada día al irte a dormir y al despertar para empezar la jornada de forma divertida y premiada.

    Cómprate un Oscar y concédete el privilegio de ser cada día el mejor de ti y en ti, al tiempo que entonas tu eslogan, mantra o piropo preferido: ¡Soy lo mejor que me ha pasado!

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