Si soy tan inteligente, ¿por qué no logro triunfar?

    Si soy tan inteligente, ¿por qué no logro triunfar? © Depositphotos.com/Gstockstudio

    Cuántas personas se duelen y lamentan acerca de cómo se les escapa el éxito de entre las manos, como si fuese agua o aire que no se pudiese agarrar por muy fuerte que se aprieten las manos.

    Si soy tan inteligente, ¿por qué no logro triunfar?

    ¿Acaso el éxito es sólo para unos pocos?

    Mi abuela sostenía que “la suerte es para quién la encuentra, no para quien la busca”. Cierto. Excepto que, para que la suerte nos encuentre, debemos ser nosotros quienes salgamos a su encuentro.

    No basta con ser inteligente. Ante todo, hay que estar dispuesto a luchar por los sueños y a batallar por las metas propias.

    Sin lucha, sin esfuerzo y sin perseverancia no hay manera de lograr hacer realidad los sueños que nos proponemos.

    Es normal que nos estrellemos más de una, y más de dos veces, contra el muro del fracaso antes de lograr lo que ambicionamos.

    No hay que quedarse atrapado en los fracasos, ni tomárselos como una “certificación de incompetencia”. Los fracasos son sólo información. Y como tales hay que abordarlos.

    Suele ser muy productivo cambiar la perspectiva, la forma de analizar un problema o tema. La solución no siempre se ve desde el lugar donde estamos. Un cambio de perspectiva, a veces, facilita mucho las cosas.

    Tú, los otros y tus cualidades

    Dicen que el mundo nos trata reflejando cómo cada uno se trata a sí mismo.

    Eso es así con algunas matizaciones, puesto que cada uno termina donde empieza el otro: añadimos matices a la vida de los otros, y los otros nos las añaden.

    Con lo que la vida no sólo refleja cómo cada uno de nosotros se trata y se relaciona consigo mismo; también refleja el tipo de matices que permitimos que los demás nos añadan.

    Pongamos por caso que alguien no cree en mí; el cómo responderé creará un tipo de reflejo u otro.

    Podemos responder a las matizaciones de los demás con sentido del humor, con sentimiento de inferioridad, con orgullo, con prepotencia, con sabiduría, con imaginación, con desdén, con indiferencia....

    Si usamos el sentido del humor seremos capaces de elevarnos por encima de las miserias de los demás.

    Empero, la imaginación, con la que acompañar la osadía que emerge del sentido del humor, permite manejar las situaciones con mayor soltura y asertividad que si falla aquél.

    A menudo, relativizar las situaciones, ser capaz de elevarse por encima de las miserias de los demás, nos proporciona, si no el triunfo, la evitación de la frustración y su consiguiente dolor de cabeza.

    El talento

    Mejor no engancharse en la miopía emocional y/o intelectual de los otros. El que alguien no sea capaz de ver en otro ser humano el talento no significa que éste no lo tenga. La miopía de algunos no tiene porqué ser verdad en otros.

    Lo peor de todo es cuando uno mismo es incapaz de ver su propio talento y, por ende, no cree en sí mismo.

    El talento no requiere de premios que certifiquen su existencia, aunque se busquen para certificar su realidad.

    Construimos los muros de nuestra realidad con creencias e ideas que le dan forma, pudiendo acabar encerrados entre los mismos aun cuando anduviéramos buscando su protección y defensa.

    ¿Para qué queremos inteligencia si los demás no saben apreciarla o reverenciarla? ¿Cómo es que nos preocupamos de la opinión de los demás incluso hasta hacernos depender enfermizamente de la misma, causándonos sufrimiento cuando aquella no nos es favorable o no refuerza nuestra voluntad…?

    Nos enseñan desde pequeños a ser dependientes de la opinión de los demás.

    Nos inculcan el no dar crédito a nuestras ideas o percepciones subjetivas salvo que vengan refrendadas por los demás, lo cual es un error de base que tenemos que corregir en la etapa adulta si queremos liberarnos del yugo de la codependencia emocional, a no ser que prefiramos pasarnos el resto de nuestra vida lamentándonos de nuestra mala fortuna.

    Escoge lo que quieres

    En otras ocasiones no nos detenemos a decir “no”. No seleccionamos entre las “ofertas” o las “posibilidades”; simplemente aceptamos –y, a veces, hasta suplicamos─.

    Sin embargo, es bueno escoger, atreverse a elegir en qué empresa queremos trabajar y en cuál no.

    Es obvio que nunca podremos saber de forma total si nos equivocamos o si hicimos la elección acertada o la mejor.

    Pero podemos probar tres meses, o un poco más, y si vemos que no estamos a gusto o que no se ha cumplido alguno de los acuerdos, es el momento de decir no y optar por otra oferta.

    En la vida no hay resultados garantizados. Lo único que está en nuestras manos es analizar qué hicimos supuestamente mal, rectificarlo, mejorarlo y volverlo a intentar tratando de mejorar el resultado.

    Ahora bien, si nos despegamos del resultado, esto es, si nos vemos independientes del resultado, sea cual sea, éste no nos hará percibirnos como mejores ni peores seres humanos.

    Al estar desligados, desconectados o disociados de él, podemos observarlo de manera objetiva.

    Lo mejor de todo es que no somos el resultado. Ergo, no somos el “fracaso” ni el “éxito”. Seguimos siendo ese ser maravilloso que ha cosechado un “no” o un “sí”, un éxito maravilloso o un fracaso estrepitoso.

    Nunca jamás vuelvas a personalizar el resultado. Desapegándote del resultado lograrás triunfar sobre los obstáculos. Todo lo demás son ganas de seguir traumatizándote.

    © Rosetta Forner

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