¿Mandas o te mandan?

    ¿Mandas o te mandan? © Depositphotos.com/JrCasas

     “Si no contratarías a la empresa que te ha contratado o no serías el jefe de tu jefe, ¿cómo es que todavía trabajas ahí o tienes a esa persona por jefe? Libérate de tu propia esclavitud. La libertad es un derecho que si no ejerces no te sirve de nada.” 

    © I. Boss, ‘EL GANADOR QUE TODOS LLEVAMOS DENTRO’ (Zenith).

    ¿Mandas o te mandan? 

    He trabajado por cuenta ajena, y me gustó hacerlo.

    No es fácil ser empleada; tampoco lo es ser jefa –por regla general es difícil contentar a gente tan dispar que lo único que tienen en común, en el mejor de los casos, es que trabajan en el mismo departamento, o para la misma empresa-.

    Arquetípicamente, el jefe suele recordar al padre o a la madre.

    La empresa es una suerte de “escenario psicoanalítico” en el que la gente trata de lidiar con sus fantasmas interiores a través de relacionarse con los diversos “personajes” de su propio drama; por eso es tan habitual tener problemas en el lugar de trabajo. 

    Si la jefa es mujer, la cosa se complica aún más. A pesar de que pueda pensarse que en el siglo XXI estas cosas ya no pasan, pasan… y mucho.

    Sin tapujos y con total sinceridad diré que las mujeres lo tienen mucho más difícil que los hombres, porque al techo masculino (que no de cristal) hay que añadir que entre ellas no existe solidaridad de verdad, sino competencia oculta, incluso desleal a veces.

    Si la mujer jefa adopta el rol de amiga o de madre quizá logre templar los ánimos de sus colaboradoras que interpreten el rol de hijas o de amigas.

    En cambio, si opta por ejercer el liderazgo sin disimulos, debe prepararse para lidiar con egos que le crearán situaciones complicadas, de difícil manejo o, como poco, desagradables. 

    Las mujeres esperan de su jefa que las defienda, cuide, disculpe y cubra las espaldas, pero no que les exija, responsabilice y se relacione con ellas como lo haría un jefe.

    Las colaboradoras a las que no les importa tener por jefa a una mujer líder, o que la prefieren a un jefe suelen ser mujeres que se han liberado de los celos que conlleva el género, constituyendo unos elementos excelentes en el equipo, que contribuirán a alcanzar el éxito. 

    Que no te guste el jefe que tienes no te convierte en candidato a ocupante del diván del psicoanalista, pues no todos los jefes son buenos. A veces,tampoco son buenas personas: los hay frustrados, acomplejados, incompetentes, mezquinos…

    Idealmente, todos los jefes deberían ser geniales, fuera de serie, competentes.  

    ¿Cómo es el jefe que te la tocado en suerte o que tu inconsciente escogió? 

    En mi caso, he tenido de todo un poco. Ahora soy mi propia jefa y mi colaboradora estrella; ello me facilita tanto el quejarme como el hacer sugerencias.

    Lo mejor de todo es que no tengo que esforzarme en disimular la incompetencia de otros ni asumir que sus errores desluzcan mi trabajo.

    Por supuesto, haber trabajado en equipos muy diversos ha sido la razón por la cual decidí enseñar a la gente a contratar a quien la quiere contratar, factor ineludible cuando se quieren crear equipos cohesionados, asertivos, eficaces, de alto rendimiento, centrados en sacar la empresa adelante y no en conspirar en perder el tiempo en actividades no relacionadas con el propósito de la empresa. 

    Si en una entrevista para optar a un puesto de trabajo te focalizas en agradar -pues sólo piensas en conseguir que te den el contrato- y no en hacer preguntas, puede que acabes trabajando a las órdenes de alguien a quien querrías mandar al infierno en tu primer día de trabajo.

    Para evitar tan desaconsejable situación, entrevístale. Hazle preguntas (mejor llevarlas preparadas). Evalúa sus respuestas, los pros y contras. Decide si quieres o no contratarlo, a ser posible, antes de que te hagan la oferta en firme.

    Todo aquello que no te convenza o no te cuadre durante la entrevista será mucho peor cuando estés dentro. No minimices los contras, no desatiendas las señales ni desprecies la información subliminal.

    Elige bien a quien te manda o elige mandarte a ti mismo

    Recuerda que irás a trabajar cada día de la semana, que pasarás allí ocho horas diarias… y eso se repetirá todas las semanas y todos los meses mientras no te rescindan el contrato.

    Trabajar en el infierno se te hará eterno simplemente a cambio de un salario que bien podrías tener de emplearte a ti mismo o quizá trabajando para alguien a quien sí contratarías. 

    Quien no te valore el primer día de trabajo nunca lo hará. Quien no sea capaz de ver tu talento y potencial, de valorar tus capacidades y apreciar tu grado de profesionalidad, no lo hará por más que te esfuerces. 

    La importancia de estar junto a un buen líder

    He trabajado en multinacionales. He constatado que no todos los que ostentan altos cargos son buenos profesionales. En algunos casos, cuánto más grande era la compañía, mayor era el número de incompetentes por metro cuadrado.

    Sin embargo, siempre hay alguien dispuesto a asumir las competencias y las responsabilidades que conlleva hacer bien un trabajo.

    Lamentablemente, éstos quedan opacados por los trepas incompetentes que les hurtan el mérito y la gloria del trabajo bien hecho. 

    Desarrollo-Mandas-o-te-mandan3Empero, los que valen y consienten que otros se adjudiquen el mérito y se lleven los laureles tienen otro nivel de mediocridad: el de no creer en ellos lo suficiente como para largarse en busca de una oportunidad mejor o, como poco, cambiar de estrategia y lograr que se sepa quién es el profesional competente.

    A veces, en las altas esferas no se enteran de lo que pasa en cada departamento de la compañía. Deberían saberlo. Parte de las competencias de un jefe es conocer a sus empleados y saber lo que pasa en cada rincón de la compañía.

    Las empresas que no suelen dar lo mejor de ellas mismas no están dirigidas por buenos líderes.

    En cada empresa debería existir un “catador de talentos”, alguien externo que evalúe el potencial de cada miembro del equipo, sus aspiraciones, sus capacidades y sus puntos débiles para organizar así el organigrama de rendimiento óptimo de la empresa. 

    Si trabajas por cuenta ajena, deberás ocuparte de ti como si fueras tu propio jefe: liderarte, dirigirte, supervisarte, enseñarte, corregirte, exigirte…

    De esta manera podrás complementar o discutir la evaluación de tu jefe, e incluso proponerte para un ascenso o mejora. Si tu actual jefe no se entera de lo fabuloso que eres, házselo saber.

    Quien no se arriesga no se da la oportunidad de ganar. Asume que tu situación se da porque tú lo permites y lo fomentas. Si no lo permitieses, no sería como es. 

    Demuestra lo que vales y exige respeto para ti y para tu trabajo

    Muchas personas se pasan la vida esperando a que los demás se den cuenta de lo mucho que valen. En mi opinión, tampoco ellos saben lo que valen y por eso esperan que otro se lo diga. Al no lograrlo, se frustran y enfurruñan.

    Existe la variante del que sabe que vale, pero no se atreve a defenderlo. En su caso la frustración es mayor, pues siendo consciente de su valía, le atenaza el miedo al fracaso que supondría el confrontar a la autoridad y que no se le reconociese, pues ello supondría tener su puesto de trabajo “tragando”.

    Si a la empresa en la que prestas tus servicios le has mostrado que, sin importar cómo te traten, ahí sigues tú, no esperes un milagro. Lo que uno permite es lo que uno promueve.

    Lo que te sucede no se debe a que trabajes por cuenta ajena; de hacerlo por cuenta propia, te sucedería lo mismo: tus clientes no te respetarían, pues los habrías acostumbrado a exigir mucho y pagar poco. Ellos tendrían todos los derechos, y tú ninguno.  

    Solución: empieza por desintoxicarte de tu sumisión, de tu falta de confianza, de tu miedo a dar el salto, de tu apego a la zona de confort (la comodidad de la incomodidad).

    Si no sabes cómo hacerlo, búscate hadamadrina. Un buen coach con PNL puede hacer maravillas. Palabra de experta.

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