Con tantas redes sociales que nos impulsan a comunicarnos sin cesar con los demás, parece que la esfera pública invade cada vez más nuestro mundo privado.

Somos muchos los que, al quedarnos solos, sentimos el impulso de lanzarnos a nuestro teléfono inteligente o al ordenador para continuar conectados con nuestros amigos a través de Facebook, Twitter o Instagram.

La nube digital que nos envuelve casi todo el día continúa ahí incluso cuando estamos solos físicamente, y nos sentimos obligados a responder a los mensajes de WhatsApp o a los e-mails del trabajo.

¿Qué ha sido de esos momentos de soledad que cualquier persona, para permanecer en su sano juicio, necesita?

Vivimos en un mundo que gira cada vez más rápido, en el que las costumbres y las herramientas que nos facilitan la vida y el trabajo evolucionan más deprisa que nuestra capacidad para adaptarnos a ellas.

La energía se nos escapa mientras intentamos mantenernos al día de las novedades informativas y tecnológicas. 

¿En qué momento de nuestra vida la frase “qué mayor estás” dejó de ser un halago, tan oído en nuestros años de niños y adolescentes, para pasar a ser prácticamente un tabú? ¿En qué momento hemos dejado de crecer para pasar a madurar y luego a envejecer?

En una sociedad como la nuestra, en la que todo tiene fecha de caducidad, a menudo cumplir años va acompañado de un íntimo (quizás ni siquiera consciente) miedo a envejecer, a dejar de ser válido, a ya no ser el mismo…

Lo primero que hay que hacer para poder superar un problema siempre es saber en qué consiste, es decir, conocer su causa para así poder cambiar la situación.

Cuando la gente acude al psicólogo es normalmente porque están sufriendo dificultades a las que no pueden o no saben sobreponerse.

Éstas implican un malestar emocional que altera la vida de la persona, tanto en lo que siente, como en lo que piensa y hace. Se trata, por tanto, de lo que llamamos problemas emocionales.

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