El miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento Destacado

    El miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento © Depositphotos.com/STYLEPICS

    El miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento

    Esta frase la hemos escuchado hasta la saciedad. Pero pocas veces le sacamos el jugo que esconde. Cuando sentimos ira y odio creemos que es algo que está mal en nosotros, debemos cambiar, además debemos “perdonar” sin tener muy claro cómo se hace esto. 

    Nos olvidamos del miedo que hay detrás. Si no llegamos a identificar este miedo, poco podremos hacer con la ira. Y todo esto lleva al sufrimiento. Y el sufrimiento lleva, en muchas ocasiones, al deterioro de la salud porque así nos justificamos en el victimismo y castigamos al ofensor. Y todo esto ¿para qué?

    ¿Realmente quiénes somos para infligir un castigo a aquel que creemos que ataca? Algún día las escuelas enseñarán estos mensajes, no pierdo la esperanza. Mientras, es necesario ir descubriendo cómo funciona todo esto para saber cómo enfrentarnos a ello. Mucho me temo que cada uno hacemos lo que sabemos con las herramientas que tenemos. Y no hay más.

    La ofensa la percibo yo, el ataque no es tal. ¿Qué miedo escondo? Es importante conocerlo para empezar a trabajar sobre él. Si no hago nada, la ira se empezará a apoderar de mí, y de ahí al odio y todo lo demás, con la necesidad de culpar hasta la saciedad al que creo mi atacante. ¿Y qué me llevo yo? Sufrimiento. ¿Es lo que quiero? En virtud de la respuesta a la pregunta, actúo hacia un lado u otro.

    Todo esto se fundamenta en la idea de que yo actúo correctamente y tú no. Dualidades que no llevan a ningún sitio más que a este círculo vicioso.

    Pondré un ejemplo de un conflicto familiar: Unos hijos han de cuidar a su padre enfermo. Paco es el que le aloja en su casa, le atiende, vuelca su vida hacia la de su progenitor. Miguel, en cambio, propone invertir fondos en un asistente que le atienda. No hay acuerdo. Miguel decide, entonces, reestructurar su trabajo para atender al padre de igual modo. Paco percibe que alguien se está metiendo en su labor diaria y no lo tolera. Lleva atendiendo a su padre cinco años y teme perder la predilección y el reconocimiento que siente su padre hacia él y sus cuidados. Aún con todo, no lo expresa. Comienza la ira, la rabia contra su hermano, no accedió a contratar a un asistente por el mismo motivo, ya que prefería ser él mismo quien atendiera la enfermedad, aunque siempre se quejaba de la carga. Finalmente, Paco, el hijo “ofendido” por su hermano, enfermó y fue necesario reorganizar la situación de otro modo, con la ayuda de un tercero.

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    El miedo de Paco: perder el trato preferente de cariño de su padre así como su reconocimiento.

    La ira: emoción no expresada contra su hermano por percibir que se apoderaba del terreno.

    El odio: ira sin gestionar.

    El sufrimiento: la enfermedad, que es la expresión del deseo de culpar a su hermano por su agresión.

    El hijo ofendido necesitaba castigar la ofensa y generar culpa en su hermano, al no gestionar su miedo de otro modo. Tanto castigo quiso imponer, que le hizo responsable de su enfermedad. “Yo enfermo por tu intromisión” o “me has hecho enfermar”.

    ¿Es real? Creo que no. A menudo, la enfermedad tiene que ver con la ausencia de gestión emocional y el miedo es un gran invasor en nuestro organismo.

    Gestionar el miedo que hay detrás de todos los enfrentamientos me parece esencial.

    ¿Y lo contrario del miedo? El amor.

    ¿Transformamos la frase del título de este post? “El amor lleva al amor”.

    Y aquí se acaba cuestión.

    Agradecimientos:

    A Paloma Moreno-G Franco por compartir este artículo con los lectores de EPDH. Publicado en su web planilandiablog.

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    Paloma Moreno

     

     

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