Ni mejores ni peores: diferentes

    Ni mejores ni peores: diferentes © Depositphotos.com/Julenochek

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    Ni mejores ni peores: diferentes

    Tal vez debería ser un poco más concienzudo y meticuloso y sentarme con folio en blanco y reloj y un estudiado método, pero no.

    El proceso de escritura es en mi caso completamente inopinado, incluso caótico, si se me apura.

    La mayor parte de las veces simplemente veo algo, oigo algo, leo algo o quizá alguien me cuenta algo, y ello desencadena el deseo de profundizar más allá y preguntarme qué opinión tengo al respecto de eso que vi, oí, leí o me contaron.

    En el caso del artículo de este mes, una pregunta hallada en un titular en mitad de la cotidiana lectura de “las noticias de las que puedo aprender” -así las llamo- ya me indicó claramente que ahí había una buena historia.

    La pregunta tenía el siguiente enunciado: ¿Por qué las playas de Japón están vacías en septiembre a pesar del calor?

    Pensé de inmediato en España, donde apenas diez minutos de sol son aprovechados al asalto de las playas por hordas de turistas, prestos a atrapar en su piel siete rayos de sol mal puestos; por otra parte algo comprensible, tan habituados como están al permanente y plomizo gris de sus cielos de origen.

    Pero en Japón no. Las concurridas playas de Japón se vuelven un desierto desde el 1 de septiembre, seguí leyendo, y ello a pesar de que durante gran parte de dicho mes del pasado año, Tokio disfrutó de temperaturas superiores a los 25 los grados centígrados; razón suficiente para correr a la playa casi en cualquier otro país, pero no allí.

    Encontrar a un japonés en la playa desde el 1 de septiembre resulta imposible, según contaba en su crónica un corresponsal de BBC Mundo en el país nipón. La explicación que aportaba el periodista es que los salvavidas dejan de trabajar a finales de agosto y ningún japonés se atrevería a contravenir la orden estipulada que establece que, sin salvavidas en la playa, no está permitido el baño.

    Lo mismo ocurre con los semáforos; ningún conductor japonés osaría saltarse alguno, como tampoco ningún peatón se permite iniciar su cruce antes de lo permitido.

    Es decir, en Japón nunca se desafía el statu quo. Líbreme Dios de juzgar y pronunciarme sobre comportamientos ajenos, pero sí que sorprende está completa y perfecta unicidad a la hora de no rebasar ni un poquito aquello que dicta la ley.

    Y toda esta reflexión preliminar me llevó a plantearme que, si bien todos somos seres humanos compartiendo un ADN, sino idéntico, sí en un altísimo porcentaje coincidente, a partir de esa raíz genética común ya comienzan las diferencias, y son tantas las disimilitudes que en ocasiones parecemos hasta de distinta especie.

    La diversidad cultural humana

    Y es que la diversidad cultural humana es inmensa y la gama de prácticas culturales, creencias y lenguas que hablamos resulta casi imposible de abarcar. Una gama que incluye costumbres, prácticas, códigos, normas y reglas en la manera de ser o respecto a cuestiones tales como la vestimenta, la religión, los rituales, las normas de comportamiento y el sistema de creencias.

    Teniendo en consideración todo esto ya no es tan difícil explicar la peculiaridad nipona de las playas vacías aún con calor.

    Cada ser humano actúa de un modo distinto en razón a su aprendizaje cultural, y la cultura va mucho más allá de los alimentos, fiestas y costumbres con que a veces la solemos pobremente identificar.

    La cultura es el conjunto de ideas que coordinan las acciones y la construcción de significados de una comunidad de personas, y tiene que ver con sus pensamientos, sentimientos y comportamientos, reflejando los valores de esa cultura y sus creencias.

    Aparte del caso japonés que dio pie a este artículo, obviamente hay otros muchos ejemplos de diferencias culturales que debemos tener muy en cuenta al plantearnos viajar a lugares más o menos exóticos para no ofender a los nativos del lugar provocando pleitos innecesarios por desconocimiento.

    ¿Te parece que enumeremos algunas de esas diferencias o peculiaridades?

    Diferencias culturales que te sorprenderán

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    Empecemos con la cultura árabe. Los árabes no confían en la gente con prisas; para ellos significa que el otro no quiere relación personal, sino sólo dinero. Por tanto, nada de urgencias con ellos.

    En Oriente Medio y muchas regiones de Asia y África, el color del luto es el blanco, por lo que es conveniente informarse antes de acudir a un funeral si es que acaso uno pretende no ofender a los deudos.

    Los asiáticos evitan el "yo" en pro del sentido de grupo; no gustan del personalismo. También evitan el "no" para no ofender y en su lugar emplean el "quizás", "intentaremos" o "veremos". Así que sería conveniente tomarse un “tal vez” de un oriental directamente como un “no”.

    En cuanto a las relaciones sociales, los chinos, por ejemplo, no aceptan una invitación a casa de un conocido hasta que éste no les insista tres veces.

    Por otra parte, nunca se bañan por la mañana -no me preguntéis por qué- y los padres nunca dan ni caricias ni besos a sus hijos. Y, también en China, los menores de tres años no usan pañales sino pantalones con una abertura en la parte de atrás (supongo que ya saben para qué).

    El gigante hindú (India) es otro país de extrañas costumbres para el criterio occidental. De las cuatro castas existentes, especialmente las más pobres viven con pavor el nacimiento de una niña por la cantidad de dinero que deberán acumular para su futura dote.

    Toda mujer mayor de edad debe estar casada con un hombre, muchas veces elegido por catálogo, cuya familia, por cierto, no aceptará del todo a su "nueva hija" hasta que dé a luz a un hijo varón.

    Respecto a la limpieza y modales, los indios no reciclan ni tienen un concepto de basura y limpieza en muchos lugares, además de que escupen o se hurgan la nariz delante de cualquier desconocido sin ningún tipo de contemplaciones.

    En Jamaica se entierra a los muertos en el jardín de la casa y se hace una fiesta para despedirlos. Nunca se llora la muerte.

    En la isla de Singapur masticar chicle es un delito civil penado por la ley. Desde 1992, el gobierno de dicho país prohibió la importación y comercialización de goma de mascar.

    Y, al hilo de esta curiosa legislación singapurense, recordemos que en los mismísimos Estados Unidos también se dan normativas muy extrañas. Por ejemplo, una ley del estado de Pennsylvania prohíbe cantar en la ducha.

    En Carmel, Nueva York, existe una ordenanza que prohíbe a los hombres llevar chaquetas y pantalones que no vayan a juego, y en Kansas está prohibido servir vino en tazas de té. 

    Por último, y esta me hizo bastante gracia, en Polonia, los padres de los novios les ofrecen en la boda algunos presentes como símbolos para el futuro: les regalan pan para que no les falte la comida, sal para sobrellevar los momentos difíciles y vodka para que durante todo el tiempo haya ánimo en la relación… o que por lo menos se olviden del sufrimiento agarrando algunas locas y épicas borracheras. No está mal pensado.

    Éste no pretendía ser un severo y concienzudo tratado antropológico. Simplemente quería reflejar a través de unos pocos ejemplos lo mucho que nos parecemos, pero lo radicalmente distintos que podemos llegar a ser unos de otros.

    Podríamos quizá afirmar que el único verdadero lenguaje universal es la risa, que significa lo mismo en cada sitio: felicidad. O quizá tampoco, porque en algunos países de Oriente, cuando la gente no entiende algo o le resulta muy chocante lo que dices acostumbra a sonreír, lo que provoca algunas confusiones con el turista occidental, que cree ser entendido y admitido en su argumento, cuando en realidad es todo lo contrario. ¡Qué lío!

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