Ayudar nos ayuda

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    Ayudar nos ayuda

    Una noticia del diario 20minutos.es tenía este titular: “Solidarios sin límite de edad”. En ella se explicaba que el Banco de Alimentos de Madrid vivía, a finales del pasado mes de noviembre, jornadas de enorme ajetreo.

    El éxito de la Gran Recogida de Alimentos organizada en toda España había conseguido abarrotar de comida las enormes estanterías de la sede de la organización benéfica encargada de su acopio. “Genial”, pensé: un pequeño resquicio de esperanza a través del que recobrar una parte de la fe perdida en la humanidad.

    Y si ya la mera información sobre la participación mayoritaria de los españoles en esta iniciativa solidaria me había recompuesto el día (y hasta es posible que el año), aún más lo hizo la historia de Eduardo, que a punto de cumplir los 96 años era el voluntario más longevo del Banco de Alimentos.

    "Para mí es fundamental poder venir aquí. Yo siempre digo que ayudar a otras personas me ha dado la vida y que es la principal causa de mi longevidad", declaraba entonces.

    Todo esto me hizo pensar en la ceguera de muchos que pretenden encontrar la felicidad a través de la conquista exclusiva de metas personales, sin más ambición que el lustre para ellos mismos y buscando sólo lo que a ellos, y sólo a ellos, les puede confortar: más rango, mejor posición, más dinero; más y más de lo que sea, pero sólo para ellos.

    Sin embargo está comprobado, y ahora trataré de explicarlo con argumentos, que la felicidad más satisfactoria y placentera, la más genuina y perdurable en nuestra memoria y en la de los demás, no tiene que ver con lo que hacemos por nosotros mismos sino con lo que hacemos por los demás.

    “Cuando alguien se siente insatisfecho y desgraciado, tiende a atribuir este malestar a una carencia, y espera que un ser, o un objeto, venga a colmarlo. Pero la solución no está ahí. La solución está en que él mismo se decida a dar algo a los demás, a ayudarlos, apoyarlos, consolarlos, o incluso a participar en sus actividades. A partir de este momento, una nueva vida empieza a circular en él: ya no tiene necesidad de nada, está colmado. Ha comprendido que cuando se intenta aportar algo de bueno, ya se recibe. Mientras que aquel que no aporta nada, incluso si se le da alguna cosa, no recibe nada. La vida se basa en los intercambios: recibir y dar; dar para recibir. Si no hay intercambios, no hay vida”. Omraam Mikhaël Aïvanhov (Filósofo y escritor búlgaro)

    Todo el que haya ayudado en ocasiones a alguien menesteroso o necesitado, habrá comprobado por sí mismo que no hay nada comparable a la recompensa que implica la mirada agradecida de aquel a quien has ayudado.

    No hay moneda capaz de ofrecer una retribución parecida. Pero si acaso ése no fuera ya suficiente pago, además, y según diversos estudios, la ayuda a otros conlleva una recompensa inesperada para uno mismo: protege la salud y alarga la vida.

    En efecto, una investigación conjunta de las universidades de Buffalo, de Stony Brook y de Grand Valley State (Estados Unidos) muestra que la prestación de asistencia tangible a los demás "protege la salud y alarga la vida".

    Así lo han constatado los expertos tras quince años de estudio. Para el autor principal de la investigación y profesor asistente de Psicología en Buffalo, el doctor Michael J. Poulin, el resultado obtenido demuestra que la persona que ofrece algo a otra ve amortiguados "los efectos negativos del estrés".

    En este sentido, declara que el aislamiento social y el estrés "son predictores significativos de la mortalidad y la morbilidad". La investigación ha sido publicada en el American Journal of Public Health.

    El amor calma el dolor, tanto el propio como el ajeno

    También se ha comprobado que ayudar a los demás activa las regiones cerebrales de recompensa.

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    “Una de estas áreas, el estriado ventral, suele estar activa como respuesta a recompensas simples como el chocolate, el sexo y el dinero", ha explicado Naomi Eisenberger, profesora asistente de Psicología de la Universidad de California en Los Ángeles, y autora principal de un estudio sobre ayuda y salud, publicado en la edición digital de la revista Psychosomatic Medicine.

    "El hecho de que el apoyo también active esta región sugiere que pueda ser procesado por el cerebro como un tipo muy básico de experiencia gratificante", comenta.

    ¿Pero por qué se produce este fenómeno que hace que ayudar a nuestros congéneres repercuta en una mejora de nuestra propia salud? Al parecer, la explicación podría estar en que el ser humano ha contemplado desde siempre que el hecho de dar apoyo a las personas que están cerca, ya sean amigos o miembros de la familia, puede aumentar nuestra probabilidad de supervivencia y la de que los genes puedan transmitirse.

    Por ello ayudar es psicológicamente tan gratificante, ya que coadyuva al mantenimiento y al auge de la especie.

    Pero que nadie se engañe, por favor: aun con todos estos beneficios citados que conlleva, para la salud propia, la ayuda solidaria a otros, procuremos que el soporte y el auxilio a los demás estén al margen.

    Si calculamos los beneficios para uno mismo, estaríamos hablando de una ayuda interesada, casi de una transacción comercial, y no de una actitud altruista y desinteresada, como ha de ser.

    Ayudemos, sí. Y hagámoslo siempre y hasta el último aliento, como Eduardo con sus 96 años a cuestas, porque no hay nada más humano que la solidaridad: “La ternura de los pueblos”, según Gioconda Belli.

    Hagámoslo, porque cada uno de nosotros somos todos los demás. Y hagámoslo secretamente, sin altavoz, porque no sólo es más estético, sino también más real. Cualquier ayuda que se difunda y propague a los cuatro vientos no es otra cosa que márquetin más o menos camuflado.

    Y este mes termino con una leyenda africana sobre la compasión, la lealtad y la solidaridad…

    Ubuntu

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    Un antropólogo propuso un juego a los jóvenes de una tribu africana.

    Colocó una canasta llena de frutas cerca de un árbol y dijo que aquel que llegara primero ganaría todas las frutas, esperando probablemente una estampida de aquellos jóvenes en pos del premio.

    Pero cuando dio la señal para que corrieran, todos los niños y niñas se cogieron de las manos, corrieron juntos, y juntos se sentaron a disfrutar del premio.

    Más tarde el investigador les preguntó por qué se habían comportado así. ¿Les había dicho que el primero ganaría todas las frutas? Ellos le respondieron:

    - ¡Ubuntu! ¿Cómo podría uno de nosotros estar feliz si todos los demás están tristes?

    Ubuntu es una especie de filosofía sudafricana vinculada a la lealtad y la solidaridad. El término proviene de las lenguas zulú y xhosa y puede traducirse como “humanidad hacia otros” o “soy porque nosotros somos”.

    Desmond Tutu, Premio Nobel de la Paz, habló así del Ubuntu:

    “Quienes tienen Ubuntu son compasivos y amables, usan su fuerza a favor de los débiles y no se aprovechan de otros –en suma, se preocupan, tratando a los demás como lo que son: seres humanos-. Si uno carece de Ubuntu, en cierto sentido carece de un elemento indispensable de la condición humana. Aunque tenga una gran cantidad de bienes materiales y una alta posición y autoridad, si no tiene Ubuntu carece de importancia”.

    Y tú: ¿crees tener Ubuntu?

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