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Encontrarse a uno mismo viajando

    Encontrarse a uno mismo viajando © Depositphotos.com/Mihtiander

    Todos conocemos a alguien, si no a nosotros mismos, que ha hecho alguna vez el Camino de Santiago.

    La mayoría de quienes realizan este camino, ya sea durante pocos días o durante un mes entero, suelen referirse a él como una experiencia “maravillosa” o “reveladora”.

    Lo mismo sucede con aquellos que deciden efectuar un viaje en solitario. Raro es que se arrepientan de la aventura o que no vuelvan un poco diferentes a como partieron.

    ¿Qué tienen este tipo de viajes que suelen transformarnos?

    Encontrarse a uno mismo viajando

    Las reflexiones olvidadas

    Inmersos en la rutina diaria y con el piloto automático enchufado, las personas desechamos una gran cantidad de pensamientos que, de ser considerados uno a uno, estorbarían el desarrollo normal de nuestras tareas cotidianas.

    Muchas de esas ideas que van directas a la papelera de reciclaje versan sobre nuestro comportamiento, nuestras relaciones con los demás, nuestra actitud ante la vida o nuestras expectativas de futuro.

    En una buena conversación con amigos podemos rascar la superficie de algunas de ellas, pero pronto vuelven a quedar enterradas, sin verdadera maduración, bajo el maremágnum de reflexiones inconclusas de nuestra mente.

    La magia transformadora del silencio

    Cuando emprendemos un viaje en solitario o inauguramos una senda –como el Camino de Santiago- en la que gran parte del tiempo estaremos solos, el estrés y el ruido mental dan paso a un silencio al que la mayoría no estamos acostumbrados.

    Al principio, ese silencio puede parecernos extraño, e incluso querremos huir de él llevando nuestra atención permanentemente a lo externo.

    La verdad es que no nos han educado para mirarnos por dentro y, salvo que seamos especialmente introspectivos, la falta de comunicación con otros y la soledad elegida nos resultarán incómodas y hostiles.

    Sin embargo, es precisamente ese plus de silencio el mejor caldo de cultivo para unas reflexiones que llevamos postergando, aunque sea inconscientemente, mucho tiempo.

    Cuando aumentamos la carga diaria de silencio, la mente efectúa conexiones entre ideas y genera soluciones a dilemas a los que probablemente no habríamos llegado mediante la reflexión consciente del día a día.

    Los viajes como portadores de silencio mental

    Algunos viajes son reveladores porque, en el silencio que reina en ellos, nos reencontramos con nosotros mismos, con nuestras inquietudes, con nuestros deseos esenciales y con las verdaderas motivaciones que nos empujan hacia adelante.

    Entre tanto silencio no podemos huir de nosotros mismos, como quizá haríamos en la vida normal, en la que navegamos de casa al trabajo, del trabajo al gimnasio y del gimnasio de nuevo a casa… y todo muy inconscientemente, sin pensar ni dejarnos sentir.

    En el silencio tenemos más tiempo para reflexionar y mirarnos de frente, por lo que es inevitable que encontremos aspectos de nosotros mismos que nos desagradan.

    Si bien en la vida “real” podemos taparlos con un velo opaco, es imposible ignorarlos cuando la única compañía, el único artífice y receptor de nuestra actividad somos nosotros mismos –como sucede en estos viajes-.

    Por eso al principio de algunos viajes podemos “caernos mal” e incluso hacernos preguntas muy existencialistas del tipo “¿Quién soy realmente?” o “¿En quién me he convertido?”.

    Sin embargo, cuando aceptamos que reconocer partes de nosotros que normalmente censuramos es, más que un mal trago, una suerte, es cuando da comienzo el verdadero viaje: el del descubrimiento interior.

    El viaje como camino de descubrimiento

    Viajar puede ser una experiencia divertida y enriquecedora si se comparte con amigos o familiares. En solitario, además, añade el valor del autoconocimiento y de los “darse cuenta” constantes.

    El silencio es el aliado perfecto para dejar que emerja la sabiduría interna que todos portamos, pero a la que solemos vedar el paso.

    En los viajes en solitario, el silencio se hace más presente, trayendo consigo preguntas, reflexiones y soluciones a enigmas que nos planteamos hace tiempo, o incluso a cuestiones que ni nos habíamos hecho hasta entonces.

    Estos viajes pueden convertirse en vivencias esclarecedoras y transformadoras si les damos el tiempo necesario y si, sobre todo, los dedicamos por entero a nosotros mismos, despegándonos de la agenda, del correo electrónico del trabajo y de las obligaciones del día a día.

    Encuéntrate contigo mismo

    Si estás en una etapa en la que te encuentras especialmente estresado o si crees que tienes demasiadas preguntas que esperan una respuesta, dedícate unos días a ti mismo y viaja en solitario.

    No hace falta que te vayas lejos; tampoco importa si eliges una ciudad o un entorno más rural. Lo que cuenta es que tengas tiempo para ti mismo y para tu silencio interior.

    Pistas para un viaje de descubrimiento

    Por último, aquí van algunas ideas para que ese viaje en solitario te sirva para descubrir cosas sobre ti mismo.

    Lleva un diario de viaje. Anota reflexiones, pensamientos sueltos, sentimientos. Escribir nos ayuda a ordenar y a dar forma a las ideas y, por ende, a comprendernos mejor.

    Deja los cascos por unos días. Disfruta de los paseos y de los cafés sin enchufarte al mp3. Es en esos momentos cuando puedes aprender a escucharte a ti mismo.

    Avisa de que no estarás disponible. Antes de marcharte, asegúrate de que las personas de tu círculo laboral están avisadas de que no podrán contactar contigo por un tiempo. Así te ahorrarás llamadas o e-mails “urgentes”.

    Establece relaciones. Habla con otros viajeros o con lugareños. La soledad elegida es sana siempre que se aderece con un poco de contacto humano.

    Atrévete a improvisar. Déjate llevar por los impulsos y los deseos del momento. Es habitual que los primeros días quieras tenerlo todo atado y planificado, pero poco a poco ve permitiéndote visitar o hacer lo que te apetezca.

    ¡Disfruta de tu viaje!

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