Expresar lo intraducible

    Expresar lo intraducible © Depositphotos.com/SergeyNivens

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    Expresar lo intraducible

    Un breve saludo introductorio en este primer contacto con vosotros desde El Portal del Hombre.

    Es un placer para mí estar aquí y compartir ventana digital con cuantos participan en este emocionante proyecto y a quienes, por otra parte, admiro profundamente.

    Creo que todos compartimos la idea de que un mundo mejor es posible a través del esfuerzo por enriquecerlo (personal y colectivo) de quienes habitamos en él.

    Gracias también a los responsables de esta idea, Francisco J. Chuliá e Irene Rodrigo, por su empeño y pasión, ingredientes que, si bien no garantizan el éxito, sitúan cualquier proyecto muy cerca de él.

    Desde aquí anticipo que trataré de no ser monocorde, por lo que os hablaré de muchos y variados temas.

    No en vano considero que de cualquier parte -de cualquiera, sí- es posible extraer una lección que sirva para motivarnos y superarnos en el día a día.

    Como este espacio estará siempre colmado de palabras, espero que nunca vacías y siempre inspiradoras e interesantes, abriré camino hablando de ellas: las maravillosas, expresivas, convincentes, conmovedoras, seductoras y significativas palabras.

    La lengua castellana posee casi trescientas mil palabras o conceptos diferentes (sin contar variaciones, tecnicismos o regionalismos).

    Sin embargo, en nuestra comunicación cotidiana apenas empleamos, con suerte, unos trescientos, es decir, cerca de un 0,10%.

    Evidentemente, este porcentaje es flexible de acuerdo a cada persona. Alguien culto e informado emplea normalmente alrededor de 500 palabras.

    Un escritor, periodista o aquel cuya profesión sea justamente el manejo de vocablos puede llegar a usar unas 3.000.

    Cervantes, sirva como curiosidad añadida, empleó unas 8.000 palabras diferentes en su obra.

    Pues bien: a pesar de la existencia de tantos términos, aún existen palabras intraducibles de otros idiomas y que no tienen equivalente en castellano.

    ¿Cómo es posible? Quizá porque el ser humano es en sí mismo inabarcable.

    Palabras llenas de sentido

    Pongamos algún ejemplo significativo, como la palabra rusa «toska», que Vladimir Nabokov, el célebre autor de “Lolita”, describió así:

    «Ninguna palabra del inglés traduce todas las facetas de “toska”. En su sentido más profundo y doloroso, es una sensación de gran angustia espiritual, a menudo sin una causa específica.

    En el aspecto menos mórbido es un dolor sordo del alma, un anhelo sin nada que haya que anhelar, una añoranza enferma, una vaga inquietud, agonía mental, ansias.

    En algunos casos podría ser el deseo por algo o por alguien en particular, la nostalgia, una pena de amor. En su nivel más bajo, se reduce al hastío, al aburrimiento».

    Infinidad de sutiles matices, ya vemos, recogidos todos en una sola palabra. Una palabra que llega mucho más allá de nuestra melancolía o, incluso, de la languidez con la que el castellano intentaría definir una sensación similar.

    «Toska» es un gran ejemplo, pero no el único. «Litost», palabra checa, expresa el estado de agonía y tormento creado por la visión repentina de la propia miseria.

    O «cafuné», del portugués, que es el acto de peinar a alguien suavemente con los dedos.

    O la más conocida de entre las intraducibles: «Wabi-Sabi», del japonés, que, según el portal Altalang.com, especializado en servicios de traducción, al usarla dentro de una oración se podría entender como «una manera de vivir cuyo foco es encontrar la belleza dentro de las imperfecciones de la vida, y aceptar tranquilamente el ciclo natural de crecimiento y decadencia».

    De sentimientos inexplicables

    No siempre el ser humano acierta a expresar lo que siente, quizá porque hay sentimientos inexplicables o que, dependiendo de quién los viva, poseerán matices muy diferentes.

     

    «Las emociones se viven, se sienten, se reconocen, pero sólo una parte de ellas se puede expresar en palabras o conceptos».

    Laura Esquivel, escritora mexicana.

     

    Y por cierto, ¿tenemos en castellano una palabra intraducible en otros idiomas? Sí, y una de las más bellas palabras, a mi entender, de esta lengua: «Duende».

    Obviamente no me refiero a su primera acepción, que alude a los seres fantásticos llamados comúnmente así, sino a aquella otra que reza «encanto misterioso e inefable» y que tiene su mayor arraigo en el ámbito del flamenco.

    ¡Tiene duende!: «Dícese de aquella persona que posee un talento especial, bien sea en el cante, en el baile, en el toque o en la caja».

    “Tener duende” podría ser una similitud de tener alma. Es el sentimiento del artista convertido en puro arte. Su talento rozando la perfección, algo mágico y auténtico.

    ¿Y para todo lo que no se puede expresar con palabras? Pues para ello tenemos la risa, la mirada, el llanto, los besos y abrazos y todos aquellos gestos tan genuinamente humanos a los que sobran las palabras porque hablan por ellos mismos, y acaso sólo les hiciera falta un poco de música de fondo.

    Al fin y al cabo, dicen que son el lenguaje del alma.

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