Dime cómo hablas y te diré quién eres

    Dime cómo hablas y te diré quién eres © Depositphotos.com/Olly18

    El lenguaje es la capacidad que mejor nos diferencia del resto de animales.

    A pesar de que es lo que nos hace realmente únicos frente a las demás especies, hay quien todavía no es consciente de la verdadera importancia que las palabras tienen en nuestra vida, o, mejor dicho, en nuestra forma de vivir la vida.

    Dime cómo hablas y te diré quién eres

    Seguro que has oído mil veces eso de “las palabras se las lleva el viento”… pues permíteme que te diga que eso no siempre es así.

    Seguro que hay palabras que te han dicho o incluso frases que tú mismo te repites a menudo que no se las lleva nadie; más bien parece que se te han quedado clavadas, bien en la cabeza, bien en el corazón.

    Las palabras nos delatan mucho más de lo que nos podemos imaginar. Lo que decimos es un reflejo de lo que pensamos, y en función de lo que pensamos, sentimos.

    Por tanto, no tienes más que prestar atención a qué dice una persona para hacerte una idea bastante certera de lo que lleva por dentro.

    Un claro ejemplo de esto me pasó el otro día en el autobús, donde escuché esta frase de una mujer que viajaba en el asiento de detrás:

    “Esto es todo un desastre. Ahora me voy al médico, donde seguro que tendré que esperar más de dos horas para que me visiten. Me han hecho un montón de pruebas, pero seguro que no valen para nada”.

    Es fácil intuir el nivel de negativismo que desprende esta persona, y cómo esa forma de ver el mundo le hace sentir.

    Seguramente se sentiría de otro modo en las mismas circunstancias si se expresara así:

    “En estos momentos estamos pasando una mala racha, aunque seguro que pronto pasará. Ahora me voy al médico a ver si hay suerte y me atienden pronto. Ya me han hecho un montón de pruebas; seguro que tienen claro qué es lo que me pasa”.

    Con algo tan sencillo como cambiar las palabras que utilizamos estaremos forzando a nuestro sistema a procesar las ideas de otra manera.

    Esto, a su vez, nos ayudará a sentirnos mucho mejor. Es hora de reconocer el poder de transformación que tienen las palabras.

    Lenguaje positivo

    Nuestro lenguaje cotidiano, las palabras del día a día, nos definen como personas. Son una muestra clara de nuestra actitud ante la vida, e incluso pueden predecir nuestras acciones.

    Un lenguaje pobre, mediocre y negativo a menudo está detrás de una vida pobre, mediocre y negativa.

    Te propongo que empieces a prestar atención a las palabras que utilizas y diferencies aquellas que contienen energía negativa (desastre, terrible, incapaz, inútil) de aquellas que trasmiten energía positiva (genial, responsable, estupendo, agradable) y te ayudan a ver las cosas de otro color.

    Si cada día dices adiós a una del primer grupo y la sustituyes por otra mucho más potenciadora estoy segura de que en poco tiempo notarás el cambio.

    La importancia de elegir bien las palabras tiene que ver con el efecto que éstas tienen en las emociones, tanto en las propias como en las ajenas.

    Las palabras pueden sanar, consolar y elogiar, pero también pueden herir, dañar, arruinar y destruir. Es por eso que hay que poner atención en aquello que decimos, porque una vez dicho ya no hay vuelta atrás.

    Las palabras son la manifestación de nuestro mundo interior; al cuidar el lenguaje estamos trabajando en depurar nuestros pensamientos, en modificar nuestras creencias y en purificar nuestro ser para dar lo mejor.

    Influencia del lenguaje

    Y si hay algo que realmente merece la pena plantearse es qué clase de mundo queremos trasmitir a nuestros hijos.

    De niños somos capaces de entender el lenguaje incluso antes de desarrollar la capacidad de expresarnos verbalmente.

    Las personas que se encargan de la crianza de los más pequeños son la principal fuente de influencia para ellos; por eso es necesario que tomen conciencia de la relevancia que tiene un uso adecuado del lenguaje.

    La forma en que los padres hablan a los niños es la manera más potente de influir en ellos. Hasta esos comentarios sin importancia, esos gritos o palabras que decimos sin querer, pueden ser la base sobre la que más tarde descansará una creencia limitante.

    Hay estudios que aseguran que un niño de siete años ha escuchado la palabra “no” más de 100.000 veces, lo que puede ser un buen caldo de cultivo para crecer con programas mentales del tipo “no puedo”, “no soy capaz”, “no merezco”, “no estoy seguro”, “no sé”.

    Acabamos por creernos las cosas que oímos una y otra vez.

    Es por eso que, si quieres contribuir a que los pequeños crezcan desarrollando una buena autoestima y un alto nivel de confianza en ellos mismos, lo mejor que puedes hacer es trasmitirles pensamientos positivos y hablarles con afirmaciones del tipo: “Tú puedes conseguir lo que te propongas”, “hoy es un día precioso y lo vamos a vivir con alegría” o “tienes todo lo que necesitas para ser feliz”.

    Y, por supuesto, ser congruente con las cosas que dices.

    En definitiva, como decía el maestro Mahatma Gandhi:

    Desarrollo Dime como hablas Gandhi“Cuida tus pensamientos, porque se convertirán en palabras. Cuida tus palabras, porque se convertirán en tus actos. Cuida tus actos, porque se convertirán en tus hábitos. Y cuida tus hábitos, porque se convertirán en tu destino” 

     

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