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Ser egoísta para ser feliz

    Ser egoísta para ser feliz © Depositphotos.com/Ridofranz

    Desde que somos niños nos han vendido la idea de que ser egoísta es malo. Nuestra cultura judeocristiana nos ha llenado la mochila de reproches y sentimientos de culpa y nos ha inculcado la idea de que hay que sacrificarse por los demás y de que hay que ayudar al prójimo.

    Ser egoísta para ser feliz 

    Hemos crecido con la preocupación de no defraudar a nuestros padres, de sentir el orgullo de nuestros profesores, de estar siempre disponible para nuestros amigos.

    Y eso nos ha llevado a  que muchos de los adultos de hoy sean personas sin vida propia, personas que hacen las cosas por complacer, por quedar bien con alguien, por ser amables, por pena, por no sentirse mal, etc.

    ¿Qué es ser egoísta?

    Hemos oído mil veces la frase “no seas egoísta”. Y yo me pregunto: ¿Qué es ser egoísta? Según el diccionario, “egoísta” es la persona que realiza conductas orientadas hacia el yo (ego). ¿Y que tiene eso de malo?

    Priorizar nuestras necesidades, cuidar de nuestros asuntos, ser fiel a lo que queremos, luchar por conseguir nuestros sueños, disfrutar de nuestro tiempo, hacer lo que nos hace felices… ¿qué tiene todo eso de malo?

    Si por pensar en uno mismo y partir siempre desde el yo, si por elegir libremente sin tener en cuenta lo que se espera de mí, si por esforzarme día a día por ser quien quiero ser me llaman egoísta…

    Entonces sí, soy egoísta, porque desde mi punto de vista hay que ser egoísta para ser feliz.

    Pienso que el término egoísmo se ha maltratado mucho, y ya es hora de que aprendamos a verlo desde otra perspectiva.

    Una persona necesita estar bien para poder ayudar a los demás y estar alegre para transmitir alegría, y para eso tiene que preocuparse de sí misma, cultivarse y dedicarse su tiempo y su espacio para no dejar en manos de otros su progreso y su evolución.

    Y para los que piensan tanto en los demás, los que creen que centrarse en uno mismo es dañar a los otros, yo les diría que no conozco a ningún hombre feliz que piense en hacer daño a alguien; más bien son las personas insatisfechas con su propia vida quienes se dedican a hacer el mal.

    Egoísmo sano

    Hace ya unos años, Rachael y Richard Heller publicaron el libro “Egoísmo sano”, en el que comparten esta idea de que pensar en uno mismo no tiene por qué ser negativo.

    Ellos decían: “El egoísmo sano consiste en respetar las propias necesidades y sentimientos aunque los demás no lo hagan. Sobe todo si los demás no lo hacen”.

    Y antes que ellos ya Charles Chaplin dijo: “Cuando empecé realmente a quererme, me liberé de todo lo que no era sano para mí.

    Alejé de mí comidas, personas, objetos, situaciones y sobre todo aquello que siempre me hundía. Al principio lo llamé egoísmo sano, pero hoy sé que es amor propio”.

    En lugar de egoísmo sano, a mí me gusta hablar de “hegoísta” con H, porque para mí tiene que ver con la honestidad de la persona.

    Honesto es quien actúa de acuerdo a como piensa y siente, y si por ser fiel a mí mismo y sentirme en paz me etiquetan de egoísta, que lo hagan.

    Evidentemente, nunca perderé la visión holística del sistema e intentaré tomar decisiones y ponerme objetivos lo más ecológicos posibles, pero sin olvidarme de que sólo puedo hacer felices a los otros siendo feliz yo.

    Aprender a decir “no”

    Ayudar a los demás está muy bien; todos en algún momento necesitamos de los demás, y preocuparse por otros y cuidar nuestras relaciones es una de las cosas que nos llevarán a estar bien con nosotros mismos.

    El problema viene cuando siempre antepones las necesidades de los demás a las propias, o lo que es lo mismo, cuando no sabemos decir “no”.

    Querer agradar a todo el mundo supone un desgaste emocional muy grande que no tiene nunca una recompensa distinta a la eterna insatisfacción.

    Cuando empezamos a decir “no” a aquellos planes que no nos apetecen, a aquellos proyectos con los que no nos sentimos identificados, a aquellos compromisos que nos imponen… es entonces cuando estamos tomando las riendas de nuestra propia vida, lo cual nos llevará a la verdadera felicidad.

    Estamos acostumbrados a tener que dar explicaciones por todo: es el gran virus de la justificación. Cuando queremos decirle “no” a alguien, antes pensamos la excusa que le vamos a poner.

    Si no encontramos una lo suficientemente convincente o que nos guste, en ocasiones acabamos diciendo “sí” cuando queremos decir “no”. ¿Por qué? Por miedo a parecer egoístas, desagradecidos o no sé qué otras cosas más.

    Permíteme que te recuerde que tienes derecho a decir “no” sin sentirte mal por ello. Nadie está obligado a tener que dar explicaciones; somos nosotros mismos los que nos sentimos en la obligación de hacerlo.

    Quienes viven a merced de los demás, quienes dan mucho a cambio de poco o de nada, son personas que se conforman con migajas en lugar de aspirar al mejor trozo del pastel.

    Esto, a menudo, es un signo de baja autoestima, que va de la mano de la creencia de no merecer más.

    Aunque también puede estar relacionado con un acto de irresponsabilidad: “mientras me ocupo de mis hijos, de mis amigos, de mi pareja, de mis compañeros, tengo la excusa perfecta para no ocuparme de mi propia vida”, lo cual requiere de un importante esfuerzo, pero también proporciona la mejor de las recompensas.

    Para terminar, recuerda la frase “si no me cuido yo, nadie me va a cuidar”.

    Recuerda que cuidar de ti mismo significa tomar tus propias decisiones, pensando en los demás, sí, pero sobre todo en lo que mejor te haga sentir; al fin y al cabo, eres al único que tienes que rendir cuentas y pedir explicaciones.

    Cuida de ti mismo, cultiva tus valores, respétate y ámate por encima de todas las cosas, y cuando estés en contacto con tu mejor yo estarás preparado para darte a los demás.

    ¡Si quieres ser feliz, empieza por ti!

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