Niños enfermos, padres valientes II: Cuidarse uno para cuidar a otro

    Niños enfermos, padres valientes II: Cuidarse uno para cuidar a otro © Depositphotos.com/Gunnar3000

    En el primer artículo sobre niños enfermos hablábamos de la importancia del papel de los padres cuando alguno de sus hijos padece una enfermedad. Convertirse en un apoyo y ser un ejemplo de valentía y coraje es la mejor de las opciones para ayudar a los pequeños, aunque esto no resulta tarea sencilla.

    Niños enfermos, padres valientes II: Cuidarse uno para cuidar a otro

    Para conseguir mantenerse firmes y fuertes, los padres tienen que cuidarse a ellos mismos, aprender a manejar sus emociones y sus pensamientos negativos y sobre todo no perder de vista que, pese a todo, la vida debe continuar.

    A menudo, cuando uno centra su atención en atender y cuidar de otra persona -más aún si se trata de un niño-, se olvida de sí mismo. Es conveniente, pasados los momentos iniciales, que los padres recurran a otros familiares o amigos que puedan atender al niño mientras ellos se toman un descanso, tanto si el paciente está hospitalizado como si está en casa.

    No se pueden descuidar la alimentación, el sueño ni el estado físico. Si uno no está bien no podrá cuidar del niño, que en estos momentos necesita de esa ayuda y energía del adulto. También hay que tener en cuenta al resto de miembros de la familia: a menudo nos focalizamos tanto en el que está mal que desatendemos a los otros hijos, en caso de que los haya, o incluso a la propia pareja.

    En el caso de que el niño enfermo tenga hermanos es necesario que se les explique y se les haga partícipes de la nueva situación que se vive en casa. De esta manera evitaremos que los otros niños crezcan con ideas equivocadas o dudas sin resolver que pueden marcan el curso de su desarrollo emocional.

    Una opción que también ayuda mucho a los padres es ponerse en contacto con alguna asociación relacionada con la patología que padece el niño. El intercambio de experiencias en estos casos resulta muy positivo; aprender de los demás siempre es bueno, y ver cómo uno puede servir de ejemplo es muy alentador.

    Aprender a manejar los pensamientos negativos

    Es completamente normal sentirse triste, agobiado e incluso desesperado ante la enfermedad de un hijo: estar preocupado y sentir miedo forma parte del proceso. ¿Y si le pasa algo? ¿Y si los médicos se equivocan? ¿Y si el tratamiento no funciona o la operación no sale bien?

    Es complicado evitar éstas y otras preguntas del mismo tipo. Sin embargo, es necesario esforzarse en detectar y controlar este tipo de pensamientos que no ayudan ni a los padres ni a los niños. No se trata de negar la realidad sino de ver más allá de la propia enfermedad.

    Hay personas que no saben cómo hacerlo o no se sienten capaces de afrontar la situación. En estos casos, lo mejor es que dejen que otras personas se ocupen de estar al lado del niño o que pidan ayuda a un profesional para que les enseñe a manejar los pensamientos y las emociones.

    Se viven momentos muy duros cuando los pequeños tienen que someterse a intervenciones o pruebas médicas que a menudo resultan molestas y desagradables, pero los padres no pueden permitirse tomar el rol de víctima; ellos deben ser los fuertes y mantenerse sanos tanto física como emocionalmente.

    La vida debe continuar

    La enfermedad de un hijo afecta a la vida laboral, profesional e incluso sentimental de los padres, pero no se deben olvidar de que la vida sigue y que de nada sirve hacer de la enfermedad el centro de sus vidas.

    Está claro que hay que reajustar las funciones de la familia, determinar qué hacer si los dos miembros de la pareja trabajan, quién se ocupará de unas cosas y quién de otras… Pero sobre todo hay que intentar mantener la normalidad por encima de las circunstancias. Será mucho mejor para los padres, y el niño lo agradecerá enormemente.

    Por suerte o por desgracia, la vida nos presenta obstáculos que hay que aprender a sortear. Lo mejor de todo esto es que siempre que uno sea capaz de posicionarse en el lado positivo aprenderá mucho de estas situaciones y acabará siendo más sabio. 

    Si tienes un hijo que tiene una enfermedad, sé valiente, fuerte y optimista, y céntrate sólo en darle todo tu amor y cariño: ésa es la mejor medicina que le puedes ofrecer. Y, por favor, no olvides tomar tú también de esa misma medicina: la necesitas tanto como él.

     

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