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Sube el volumen a tu vocecita interior

    Sube el volumen a tu vocecita interior © Depositphotos.com/Konstantynov

    La dificultad para tomar decisiones resulta, cuanto menos, incómoda. Decidimos de manera inconsciente en cada segundo de nuestra vida, pero ¿quién no ha dudado ante situaciones importantes, como una separación de la pareja o un cambio de trabajo?

    Quizá, incluso, hayas dudado en otras de menor calado, como un examen tipo test en el que resulta decisivo confiar en uno mismo para acertar la respuesta correcta.

    Los problemas para decidir se agravan en el caso de las mujeres, porque no nos han educado para tomar decisiones, sino para aceptar que otros las tomen por nosotras.

    Sube el volumen a tu vocecita interior 

    Ante la incapacidad de decidir entre dos o más opciones, muchas personas realizan uno o varios referéndums entre sus conocidos, a la búsqueda de la opinión más adecuada, de esa respuesta que, piensa el indeciso, se esconde fuera de él y que, sin duda, es la correcta.

    Los referéndums son algo agobiantes; nos hacen sentir que somos poca cosa, pero nos crean el espejismo de que compartimos con otros la responsabilidad del resultado.

    Sin embargo, al final del camino, la decisión es sólo nuestra y de una manera u otra pagamos un precio por cada paso que damos.

    María José, una estudiante de Turismo, sufre en silencio cuando sus padres opinan sobre lo que debería o no debería hacer, con la coletilla de que sólo le ofrecen su opinión, que es ella quien debe decidir.

    De esta forma, los padres opinan sobre el chico apropiado, la ropa que más le favorece o la especialidad que debería escoger en la carrera. “Sólo es nuestra opinión, claro”, añaden invariablemente.

    María José ha sido tratada de esta manera durante sus 23 años de vida y ahora, embarcada en la vida adulta, se da cuenta con desesperación de que ya no sabe qué ni cómo decidir: su voz interior se ha convertido en un hilito casi inaudible.

    El modelo de educación, un lastre para la autonomía personal

    La incapacidad para tomar decisiones tiene su origen en la educación.

    Desde pequeños, la sociedad, representada en primer lugar por nuestros padres, nos manipula para que no seamos nosotros mismos, sino para que nos convirtamos en lo que “debemos ser”: útiles y manejables para el sistema de producción.

    La educación de los niños los moldea para crear ciudadanos obedientes y eficaces, y se desaprueba la rebeldía y el desarrollo de la propia individualidad. Esta manipulación es un acto adaptativo; lo que se pretende es moldear individuos adaptados al sistema social vigente y que lo perpetúen.

    En ningún caso promueve el crecimiento de personas felices y autónomas, creativas e independientes, sino de robots que no cuestionen lo establecido. Los jóvenes y los adolescentes son, en todas las generaciones, el enemigo, porque en ese momento del ciclo vital los seres humanos deben, precisamente, romper con lo establecido para crear algo nuevo: sus vidas.

     

    La educación nos moldea para ser obedientes y reproducir el modelo establecido, sin ser un peligro para el mismo. Tuitear esta frase

     

    Las intenciones de los padres son, por supuesto, buenas, porque ellos mismos viven en la inconsciencia de la obediencia.

    Por su parte, el niño va empapándose en el miedo a cuestionar el sistema y a llevarle la contraria a las personas que más le quieren y garantizan su supervivencia.

    Como explica el filósofo Osho en “El libro del hombre”, el “no” está prohibido. “No” es el pecado original. “La desobediencia es el pecado original y después la sociedad se toma la revancha con creces”, apunta.

    Cuando la voz se convierte en vocecita

    Es entonces cuando el niño empieza a fingir, cuando comienza la construcción de un personaje que, como la máscara del teatro, nos ponemos de por vida. Es así como vamos dejando de saber lo que queremos, sentimos y deseamos.

    Nuestra voz se convierte en una vocecita. No nos hablamos, nos susurramos bajito, y llega un momento en que, como le sucede a María José, no podemos oírnos.

    Decide. Nunca te vas a equivocar porque haces lo mejor que sabes en cada momento. Eres dueño de tu vida y no has de ceder tu poder a terceros. Si aciertas, le apuntarás un tanto a tu autoestima y, si no, aprenderás lo que constituye un resultado tan valioso como el éxito.

    Sube el volumen de tu voz interior. Escúchate. Sólo tú sabes lo que es bueno para ti. Muestra al mundo quién eres y abandona el personaje que has creado para otros.

    Osho lo expresó muy bien hace ya algún tiempo: “Aunque te crucifiquen, tú seguirás estando satisfecho e inmensamente complacido”.

     

     

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