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Las mejores intenciones

    Las mejores intenciones © Depositphotos.com/Andriy Popov

    "No quiero dispersarme. Tengo en cuenta lo de los cursos de desarrollo personal de los que me has hablado. Pero no quiero dispersarme. Me interesan proyectos emprendedores. Eso es lo que quiero hacer. En tecnología. Quiero intentarlo”.

    José Manuel me habla con firmeza. Sin embargo, su rostro se tensa ante las preguntas:

    Las mejores intenciones

    “¿Qué haces, además de trabajar, para prever que la formación en desarrollo personal te dispersará? ¿Qué pasos has dado ya para poner en marcha esos planes en los que llevas pensando cinco años? ¿Cuándo vas a poner en marcha tu proyecto emprendedor?”.

    Tras una pausa, añade: “Me has tocado, ahí me has tocado. De momento no he hecho nada, está solo en mi mente: yo mismo me pongo excusas”.

    El título de este artículo procede de la maravillosa película sueca de Bille August basada en la vida del director de cine y teatro Ingmar Bergman. En ella, la pareja protagonista actúa con las mejores intenciones, y a pesar de ello su matrimonio fracasa.

    La mayoría de las personas tenemos las mejores intenciones para nuestra vida. Buenas intenciones para relacionarnos con nuestras parejas, afrontar los cambios de la vida laboral y desarrollarnos.

    Plantea objetivos concretos y pasa a la acción

    Lo que ocurre es que la mayor parte de las veces se quedan en eso: en intentos. Según la Real Academia de la lengua, “intentar” significa “tener ánimo de hacer algo”, lo que, en realidad, no es gran cosa.

    El problema de José Manuel radica en que sus planes carecen de objetivos concretos y están únicamente en su mente. Forman parte de su diálogo interior, ese largo hilo que enrollamos y desenrollamos a nuestro antojo.

    La ventaja de dejar nuestros proyectos en nuestro interior reside en que no nos compromete ni con nosotros mismos ni con otros, no adquirimos responsabilidades y así podemos seguir soñando despiertos, algo que a casi todos nos encanta.

    Las desventajas de esta forma de actuar son numerosas: no llegaremos a conseguir esa meta cuyo desarrollo nos haría evolucionar, nos proporcionaría ingresos extras o nos permitiría realizar un trabajo satisfactorio.

    Cómo conseguir tus metas

    En Programación Neurolingüística (PNL) trabajamos con una metodología denominada “especificación de objetivos”. Se trata ni más ni menos que de desgranar los diferentes factores que afectan a la meta que queremos lograr.

    Lo primero que conviene hacer es determinar con claridad y sencillez el objetivo que deseamos lograr, lo que nos va a permitir trabajar en una dirección determinada.

    A continuación aclararemos varias cosas: cuánto tiempo vamos a dedicar en conseguir ese objetivo, en decir, en qué plazo de tiempo queremos obtenerlo; qué importancia tiene para nosotros; y finalmente, averiguar si es factible y sus repercusiones sobre nuestro sistema de relaciones.

    Describe tu objetivo para que cualquiera pueda entenderlo y decide si es congruente con tu forma de ser y con tus valores, o si por el contrario entra en conflicto contigo o con tu sistema.

    Cuanto más concretes el objetivo, más cerca estarás de lograrlo, o quizá de desecharlo y buscar otro más conveniente para ti.

    Para finalizar, tres ingredientes imprescindibles: disciplina para instruirnos a nosotros mismos en la acción; voluntad entendida como la resolución de hacer algo; y pasión, el motor de la acción.

    Ante todo, apasiónate con tu objetivo. Dirige tus esfuerzos hacia el éxito y vive como si ya lo hubieras conseguido.

    Referencias:

    Las mejores intenciones, título original Den goda viljan. Film sueco dirigido por Bille August, 1992.

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