Sobre huertos, árboles y placeres continuos

    Sobre huertos, árboles y placeres continuos © Depositphotos.com/Gualberto Becerra
    Si quieres el placer de un momento, pega un polvo. Si quieres el placer de un día, organiza una cena. Si quieres un placer continuo, monta un huerto con árboles.

    En una sociedad adicta a las satisfacciones inmediatas, la frase del cineasta Bigas Luna parece fuera de contexto.

    Sin embargo, muchos de nosotros hemos experimentado durante nuestras vacaciones esa mezcla de sosiego y alegría que produce una puesta de sol, un paseo por la playa o una caminata por el bosque.

    Sobre huertos, árboles y placeres continuos

    Al volver a casa nos encontramos reconfortados; el naranja, el azul o el verde vibran en la pupila; revivimos durante unos días la luz, el grito de un pájaro o el rumor del acantilado.

    La cita de Bigas Luna procede de una reciente entrevista con su primo, el periodista Jordi Bigues, un experto en naturaleza y un impulsor de innovadores proyectos sobre los árboles que nos habla de las amorosas relaciones que pueden llegar a tener los seres humanos con el medio natural.

    El trabajo de Bigues conlleva una visión científica y tecnológica, pero también una espiritual.

    El bosque no es un conjunto de árboles, es una unidad con vida propia en la que los árboles se comunican y reaccionan de manera colectiva contra una agresión.

    Si plantar un árbol no fuera un acto que nos permite trascendernos a nosotros mismos, ¿por qué si no plantaríamos un nogal, cuyas nueces solo podrán comer nuestros hijos y nietos, como se viene haciendo a lo largo de la historia?

    De vuelta a la ciudad y a nuestros puestos de trabajo (los afortunados que lo tienen), parece que nuestro verdadero medio es el de los ordenadores, coches, oficinas, supermercados y apartamentos en una novena planta.

    Nuestro origen como seres biológicos nos parece irreal hasta el punto de que podríamos decir que nuestro comportamiento se asemeja más al de nuestro netbook que al del chimpancé del zoo.

    No se trata de hacer “monadas”, pero sí de ser conscientes de que la mecanización y artificialidad de la existencia en el día a día nos desconectan de nuestro verdadero ser y de las emociones, intuiciones e instintos más genuinos.

    En contacto con la naturaleza en el caos de la ciudad

    ¿Somos conscientes de los beneficios y satisfacciones que nos proporciona el contacto con la naturaleza, incluso en la urbe?

    Bigues nos habla del vitalismo consciente, del disfrute de la vida y del hedonismo bien entendido que conlleva la cercanía a la naturaleza a través de algo tan sencillo como mantener tu propio huerto, echarle un detenido vistazo a ese árbol de tu barrio que lleva ahí tanto tiempo o apreciar el valor de la incómoda semilla de una naranja.

    Nos cuenta Bigues que trabajar diariamente en un huerto bien organizado proporciona un gasto energético mayor que machacarse en un gimnasio y, desde luego, una satisfacción más completa.

    Los árboles de la ciudad son también una fuente de sorpresas si sabemos descubrirlas.

    Un día, sus vecinos descubrieron que en la húmeda sombra de la higuera de su barrio, que llevaba en el mismo sitio 150 años, había crecido un centenar de pequeñas fresitas…

    Bigues, un poeta de las semillas, afirma que éstas no son Patrimonio de la Humanidad, son Matrimonio de la Humanidad, resultado de la unión de la Madre Tierra y los seres humanos que la han dirigido para que se desarrolle.

    Un matrimonio en peligro por la degradación del entorno natural y por las actividades de una compañía de biotecnología que persigue hacernos dependientes de por vida en aras de su productividad…

    Los conocimientos en biotecnología que los agricultores de forma natural y generosa pasaron de generación en generación para el bien de todos acabarán por desaparecer.

    Así es que, cuando encuentres una semilla en tu naranja, examínala y alégrate: ¡habrás encontrado un tesoro!

    Referencias:

    Jordi Bigues, Cómo plantar un árbol, comer sus frutos y descansar a su sombra, editado por la Fundación Más árboles.

    El bosque habitado

     

     

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