El mundo de ayer

    Frente a la piscina I: El mundo de ayer © Depositphotos.com/silent47

    Tumbado frente a la piscina, Joan piensa en alto. Como emprendedor y profesional del diseño, no pasa por un buen momento. Se siente bloqueado y atrapado por la rutina. El trabajo que le llega no le permite desarrollar su parte creativa.

    Frente a la piscina I: El mundo de ayer

    “La gente me dice que las cosas están muy mal, que hay crisis. Dicen que es normal lo que me pasa”, me explica con un gesto de tristeza.

    “Pero yo, en el fondo de mi corazón, sé que no es cierto. Es algo que viene de mi interior. El mundo está cambiando y yo todavía no acabo de comprenderlo. Parece que lo de antes ya no sirve. Quizás sea el momento de buscar nuevos recursos y formarme”, añade.

    El mundo cambia vertiginosamente

    En la actualidad, muchas personas compartimos los pensamientos de Joan. Parece que el mundo está cambiando sin nuestro permiso.

    Los roles y los parámetros en los que nos educaron ya no sirven, y nos resulta difícil entender otros nuevos. La brecha generacional ha existido siempre, pero parece que las nuevas tecnologías y el universo Internet la ha ensanchado.

    Intentamos entender sin éxito a nuestros hijos: ¿Cómo funcionan sus mentes? ¿Qué es para ellos lo importante?

    Los rápidos medios de comunicación, la oferta desmesurada de consumo, el desarrollo de la publicidad y el marketing nos inquietan. En otro orden de cosas, los modelos tradicionales de relación familiar se derrumban.

    Algunos reflexionan y desarrollan nuevas formas de relacionarse: parejas homosexuales, matrimonios sin hijos, familias monoparentales, mujeres solas, amistades a través de las redes sociales, sexo virtual, citas a ciegas…

    Parece que hay que inventarlo todo de nuevo.

    La tercera pata de nuestra inquietud se genera en torno al medio ambiente, la degradación del entorno natural, la desaparición de las especies animales y vegetales, el incierto futuro de nuestros hijos en un mundo superpoblado, la repercusión sobre la salud de la contaminación.

    Ya no sabemos qué es lo sano y qué no lo es. Podríamos decir que nos hemos quedado sin guías y referencias: nuestro mapa de la vida parece no servir en el nuevo territorio que se abre frente a nosotros.

    Incertidumbre, el vocablo de moda

    “Incertidumbre” es, quizás, el vocablo más representativo del momento que nos ha tocado vivir. Incertidumbre laboral, económica, profesional, personal, de salud.

    Sobre la conquista de la certidumbre nos habla Stefan Zweig (1881-1942) en sus brillantes memorias El mundo de ayer.

    El escritor austríaco fue testigo durante su juventud del inicio de las “certidumbres” de las clases burguesas austriacas que inventaron los seguros de vida y otros mecanismos para controlar el futuro.

    Todo fue inútil: con el cambio de siglo, sus hijos, también el propio Zweig, tuvieron que enfrentarse a la primera Guerra Mundial y poco después la vieja Europa acabó por desmoronarse con la llegada de los fascismos.

    Seguimos contratando seguros, ahorrando dinero, pagando hipotecas, poniendo alarmas en nuestras casas. La pulsión por el control sigue su curso.

    Nos proveemos de cinturones de seguridad, sofisticadas sillas para sentar al niño en el coche y carros anti dolor de espalda para los padres; alarmas contra incendios, teléfonos de atención ciudadana; normativas y legislaciones internacionales, nacionales y regionales sobre la producción y control de los alimentos, la salubridad de las calles, las viviendas y la circulación de vehículos.

    Las medidas de seguridad nunca antes en la Historia fueron más seguras, pero, paradoja, nunca antes habíamos tenido tanto miedo por tener un accidente, caernos por una escalera, enfermar, que nuestros hijos se hagan un chichón jugando en el parque…

    Y, en lo referente a la alimentación, ya no sabemos si comemos más o menos sano de lo que comían nuestros abuelos. Nunca estuvimos más seguros, ni luchamos de manera tan eficaz contra la incertidumbre, pero es posible que antes tampoco tuviéramos tanto miedo.

    La historia nos muestra que todo ha pasado antes alguna vez en algún lugar.

    Zweig fue testigo de cómo el mundo que tan cuidadosamente habían organizado sus padres se puso patas arriba en dos décadas. Parece que, como el título de su libro, no queda más remedio que aceptar que ya casi nada es como el mundo de ayer.

    La flexibilidad para adaptarse a un entorno cambiante y a veces hostil y la creatividad para desarrollar nuevas formas de estar en el mundo de hoy pueden ser dos claves para el futuro.

    Referencias:

    Stefan Zweig, El mundo de ayer, Ediciones del Acantilado.

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