Lucía, de quinto de primaria (11 años), como la gran mayoría de niños, pasa tres cuartos de su día en el colegio: de 9 de la mañana a 5 de la tarde. Asiste a dos actividades extraescolares: baloncesto y canto.

Lucía pasa cada vez más tiempo haciendo las tareas y estudiando, llegando algunas veces a acostarse de madrugada para conseguir acabarlos.

Debo reconocer que no me gusta el título que he escogido para este artículo, pero dejadme que os diga que lo he hecho con toda la intención del mundo.

No me parece que tenga ni un lenguaje ni un tono adecuados, pero el objetivo lo tengo muy claro: quiero mostrar cómo la tortilla, desgraciadamente, parece haberse girado.

En los últimos años, la frase “es que tiene una baja tolerancia a la frustración” se ha convertido en una idea recurrente para que muchos padres justifiquen ciertas actitudes de sus hijos.

Según los expertos se trata de un flaco argumento, porque la vida está plagada de frustraciones y es vital aprender a lidiar con ellas, ya desde niños.

Isabel acude a consulta preocupada por su situación familiar. Hace cuatro años se divorció de su ex marido, y desde entonces ha vivido sola con su hijo Óscar, de 12 años.

Ambos han tenido siempre una relación muy estrecha: tenían muy buena comunicación y lo hacían prácticamente todo juntos. Pero ahora todo parece haber cambiado.

Marta es madre de dos hijas. Acude a consulta preocupada por la mayor, de 14 años: últimamente está teniendo comportamientos diferentes que alteran a sus padres.

Está todo el tiempo absorta con el móvil y no permite que nadie lea lo que escribe, y se niega a responder cuando le preguntan con quién habla. Se encierra en su habitación largo rato, y se pone exageradamente nerviosa si se la interrumpe. Su hermana pequeña la vio haciéndose selfies en el baño al salir de la ducha.

Sí, podría tratarse de comportamientos normales de una recién estrenada adolescente... o podría tratarse de un caso de grooming.

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