La agresividad infantil: comprendiéndola y solucionándola Destacado

    La agresividad infantil: comprendiéndola y solucionándola © Depositphotos.com/Vesnac

    La agresividad infantil: comprendiéndola y solucionándola

    ¿Qué entendemos por agresividad? Hablamos de agresividad cuando se provoca daño (físico o psicológico) a una persona u objeto de manera intencionada.

    En el caso de los niños, la agresividad se suele presentar de forma directa, ya sea en forma de acto violento físico (patadas, empujones, arañazos, tirones de pelo, mordeduras…) o verbal (insultos, gritos, palabrotas…).

    También se puede dar agresividad indirecta o desplazada, mediante la cual el niño agrede contra los objetos de la persona con la que está enfadado; o agresividad contenida, según la cual el niño gesticula, llora con rabia o produce expresiones faciales de frustración.

    La agresividad: un problema frecuente

    El comportamiento agresivo hacia otros niños de la misma edad es una queja habitual entre los padres y maestros, ya que se trata de una conducta relativamente frecuente.

    Especialmente cuando son muy pequeños, los niños usan las conductas agresivas para fines instrumentales (por ejemplo, conflictos para obtener un juguete), y es frecuente que con ellas finalmente alcancen sus objetivos, por lo que la agresividad se perpetúa como una forma sencilla, rápida y directa de obtener sus metas.

    Sin embargo, a pesar de su –en cierto modo- normalidad, el problema de la agresividad infantil es uno de los que más agotan a padres y maestros junto con la desobediencia (Ver artículo: “11 consejos para lograr que tu hijo te haga caso”).

    No es fácil saber cómo actuar ante un caso de agresividad, manipulación o rebeldía infantil.

    ¿Cuándo la agresividad empieza a ser preocupante?

    Como hemos comentado, la agresividad instrumental es bastante frecuente entre los niños pequeños, y también relativamente normal.

    A medida que los niños se desarrollan en edad y en madurez, el objetivo es que aprendan a adoptar medios más adaptativos para conseguir sus objetivos, como compartir y negociar.

    El comportamiento agresivo comienza a ser preocupante cuando el niño se mantiene en él (o incluso lo aumenta) con el paso del tiempo, en lugar de aprender otras estrategias y alternativas de conducta.

    El comportamiento agresivo tiene tendencia a persistir a lo largo del tiempo cuando se suma a otros problemas conductuales que no son correctamente abordados por padres y/o profesionales (como problemas de hiperactividad, falta de control de impulsos, trastornos de aprendizaje, trastornos del lenguaje, problemas emocionales…), o bien cuando ocurren en el contexto de una situación familiar alterada o disfuncional.

    Por otra parte, la conducta agresiva problemática se diferencia de la normativa cuando se origina con una fuerte hostilidad y una intención manifiesta de dañar al prójimo por el simple placer de hacerlo.

    Un comportamiento excesivamente agresivo no tratado en la infancia puede derivar en fracaso escolar y en conductas antisociales en la adolescencia.

    También la agresividad extendida en el tiempo puede ocasionar dificultades para socializarse y adaptarse al contexto, por lo que puede dar lugar a niños o adolescentes poco integrados en su ambiente social y escolar.

    ¿Por qué los pequeños usan la agresividad?

    Éstas son algunas de las causas que, combinadas entre sí, dan lugar al comportamiento agresivo de un niño.

    Atender a ellas puede ayudarte a comprender por qué tu hijo se comporta de esa manera, para poder incidir directamente en el origen del problema.

    - Algunos factores biológicos influyen en el comportamiento agresivo, como el funcionamiento hormonal, ciertos problemas neurológicos, mala nutrición, problemas de salud…

    - No tiene las suficientes habilidades lingüísticas para expresar con palabras lo que desea. En este caso, la agresividad se convierte en una herramienta útil para obtener sus fines. Es por eso que la agresividad es frecuente en niños con problemas del lenguaje (principalmente problemas de expresión, más que de comprensión).

    - Baja tolerancia a la frustración y/o déficit en la capacidad de controlar sus impulsos. Éstas son características normales a cierta edad, como es el caso de los niños preescolares.

    - Falta de habilidades sociales. Las deficientes estrategias para contactar con iguales dan lugar al aislamiento, por lo que aislamiento y agresividad se convierten en un círculo vicioso que se va retroalimentando: a más aislamiento más agresividad, y a más agresividad más aislamiento, ya que los niños agresivos suelen ser menos aceptados entre sus compañeros debido a sus conductas hostiles.

    - La agresividad se ve premiada o reforzada positivamente (consigue sus objetivos, obtiene atención de sus padres, consuelo de sus maestros…) y, por tanto, se mantiene.

    - En el hogar, el niño ve ejemplos de agresividad física y/o verbal, o bien ésta se permite. Es totalmente incongruente pedir a los hijos que no sean agresivos si se están utilizando modelos de crianza agresivos, como pueden ser los gritos, castigos físicos o amenazas contra el niño (Ver artículo “Por qué no gritar a tus hijos I”, y “Por qué no gritar a tus hijos II”).

    - Un estilo parental autoritario (conductas hostiles y coercitivas que desaprueban constantemente al niño) o excesivamente laxo (pocas normas y nula organización en el hogar) pueden dar lugar a un comportamiento agresivo en el hijo.

    - Relación de pareja deteriorada entre sus padres, conflictos de pareja crónicos, tensión familiar, discusiones, agresividad explícita e implícita entre los padres.

    - Conducta agresiva como alarma de un problema de fondo del niño. Cuando alguna situación le está preocupando o afectando, la agresividad puede funcionar como un “tubo de escape”, una forma de llamar la atención diciendo “aquí estoy, y me pasa algo”, ya que de otra manera no obtiene la atención de sus padres (los niños prefieren la atención negativa que la no atención).

    Algunos ejemplos son el nacimiento de un hermanito, un cambio de colegio o de vivienda, estar viviendo una situación de acoso escolar, separación de los padres…

    - El ambiente social y las normas culturales de la comunidad en la que el niño se cría también influyen en su comportamiento agresivo, ya que algunas comunidades son más permisivas con la agresión que otras, o bien está muy arraigado el estereotipo de agresividad como forma de masculinidad.

    ¿Qué hacer? Algunos consejos para padres y maestros

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    El comportamiento agresivo es una conducta aprendida, y, como tal, puede modificarse.

    Así, el objetivo es doble: desaprender la conducta inadecuada y adquirir la conducta adaptativa. Son cambios complicados que no van a darse de un día para el otro, sino que requieren de paciencia y perseverancia.

    En algunos casos, la planificación y la ayuda de un profesional serán imprescindibles. Desde casa y desde el colegio se puede apoyar el trabajo profesional de la siguiente manera:

    - Detecta en qué situaciones el niño se comporta de forma agresiva: por qué lo hace (qué le provoca la conducta), cómo interpreta la situación, qué consecuencias positivas y negativas obtiene de esa conducta.

    - Actúa de forma rápida y congruente siempre que el niño se ponga agresivo. No esperes ni des varias oportunidades de rectificar. Si le llamas la atención varias veces por agresividad de forma poco consistente, el niño no interpreta que su conducta tiene una consecuencia lógica que le sigue.

    La idea es que asocie su comportamiento a la consecuencia: comprender que ha hecho algo malo, que esa conducta no está permitida, y que tiene una consecuencia (por ejemplo, apartarse de la situación conflictiva y quedarse solo durante unos minutos).

    Es importante que las consecuencias que obtenga sean lógicas y ajustadas a la intensidad de su comportamiento. Un castigo desproporcionado o incoherente hará más mal que bien.

    - Mantén la calma, a pesar del enfado. Intenta no gritarle ni pegarle, pues empeorarás su comportamiento agresivo en lugar de frenarlo. Darle ejemplo con tu propio autocontrol es una forma de enseñarle a controlar su temperamento.

    - Sé constante en tu forma de marcar la disciplina. Responde a cada episodio de agresividad de la misma forma que lo hiciste la última vez.

    Al responder de forma predecible (“Has pegado otra vez a tu hermano, ahora te tienes que quedar solo en tu cuarto otra vez durante cinco minutos”) enfatizas un patrón que el niño aprenderá a reconocer y esperar, lo cual fortalecerá el aprendizaje.

    - Enséñale alternativas. Cuando el niño esté más calmado, habla tranquilamente con él sobre lo que ha ocurrido. Pídele que te cuente lo que pasó, sus razones para haberse comportado así, qué pensó, cómo se sintió…

    Explícale que es natural enfadarse, pero que hay formas de demostrar el enfado que son inadmisibles, mientras que otras sí que están permitidas, porque no hacen daño a otros ni a uno mismo.

    Descubre con él cuáles son esas formas alternativas de enfadarse que no hacen daño (tiempo fuera, correr, dibujar, contar hasta diez, avisar a un adulto, apretar un cojín…) y anímale a ponerlas en práctica la próxima vez.

    - Prémiale cuando se comporte adecuadamente, en lugar de darle tu atención solamente cuando se porta mal. Una forma de recompensarle es con palabras tiernas, caricias, besos, abrazos y elogios asociándolos a su buena conducta (“¡Qué bien te has comportado con tu compañero pidiéndole ese juguete! Me gusta que lo hagas así”).

    ¿Qué áreas trabajará el psicólogo infantil?

    Si sientes que no puedes dominar la situación, busca ayuda de un profesional especializado en psicología infantil.

    En consulta con el niño, se perseguirán una serie de objetivos a trabajar con él:

    - Detectar y comprender el comportamiento del niño en su globalidad, incluyendo otros problemas (bien paralelos a la agresividad o bien causantes y/o consecuentes).

    - Trabajar su asertividad (la forma adecuada de comunicarse con los demás, sin caer en la agresividad ni en la pasividad).

    - Fomentar su empatía.

    - Aprender a reconocer sus emociones y expresarlas.

    - Tolerar mejor la frustración.

    - Incluir en su repertorio comportamental ciertas conductas alternativas a la agresividad.

    - Reflexionar y trabajar con valores.

    - Aprender técnicas para gestionar la rabia o el enfado.

    - Desarrollar sus habilidades sociales.

    - Aprender técnicas para regular y manejar mejor el estrés (por ejemplo, técnicas de relajación).

    El pronóstico de la agresividad

    La agresividad infantil no tiene por qué tener implicaciones de cara al futuro, especialmente si el niño es muy pequeño.

    Pero la cólera y la agresividad pueden llegar a causar problemas sociales más graves si el niño no aprende otras estrategias de comunicación con su entorno y no adquiere flexibilidad en la adopción de perspectivas.

    Por eso, es importante detectar a tiempo la conducta agresiva y trabajar desde su inicio para rectificarla.

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