“Si no me lo das, verás”... (Cuando tu hijo manda en casa)

    “Si no me lo das, verás”... (Cuando tu hijo manda en casa) © Depositphotos.com/Photocreo

    Debo reconocer que no me gusta el título que he escogido para este artículo, pero dejadme que os diga que lo he hecho con toda la intención del mundo.

    No me parece que tenga ni un lenguaje ni un tono adecuados, pero el objetivo lo tengo muy claro: quiero mostrar cómo la tortilla, desgraciadamente, parece haberse girado.

    “Si no me lo das, verás”... (Cuando tu hijo manda en casa)

    Es un lenguaje propio de otras épocas y que más de uno de los que estáis leyendo habréis oído en alguna ocasión en vuestra infancia o adolescencia. Lo que os quiero transmitir es la paradoja generacional que vivimos en demasiadas ocasiones en las que las palabras que encabezan estas líneas proceden de los hijos a los padres y no a la inversa.

    Ellos marcan las normas y los límites y deciden qué hacer y qué no. En caso de que no se responda satisfactoriamente a sus demandas, la amenaza hace acto de presencia y, en ocasiones, lo hace la agresión. En otras palabras, se instaura una auténtica tiranía en casa. La cuestión es, ¿qué está pasando?

    Son muchas las ocasiones en que los padres cruzan el umbral de la puerta de mi consulta con estas expresiones: “No podemos con nuestro hijo”, “hace lo que le da la gana”, “estamos hartos”, “le tenemos miedo”, etc.

    Lo primero que les digo es que no olviden en ningún momento que los padres son ellos y que deben recuperar ese rol. No se trata de ejercer la misma tiranía a la inversa, sino de acabar con ella.

    A la común y generalizada queja “mira qué me ha hecho mi hijo”, mi respuesta suele ser la misma: “Vamos a ver qué le has permitido hacer y cómo podemos cambiarlo para que no vuelva a ocurrir. Sé que eres capaz”. Ahí empieza la terapia.

    Hijos-Si-no-me-lo-das2El cerebro humano es rebelde, así que no nos vamos a llevar las manos a la cabeza con la rebeldía adolescente porque esta característica es inherente a nuestra especie (afortunadamente).

    Basta que os prohíba ahora mismo pensar en globos de color rosa para que vuestra mente desobedezca y no se los pueda quitar de la cabeza.

    Otra cosa distinta es la tiranía, el desafío y el negativismo persistente en algunos jóvenes.

    Una de las principales características de este perfil es la falta de empatía. Estas personas no tienen la capacidad de ponerse en el lugar del otro, ni siquiera cuando infringen sufrimiento. No perciben el daño que causan.

    Muchos padres me llegan a decir que su hijo “es frío como el hielo”, “no le importa ver sufrir”, “no tiene sentimientos”, etc.

    Para agravarlo todavía más, no son capaces de pedir perdón ni de reconocer su actitud disfuncional una vez ha ocurrido el daño. Su lema es “el fin justifica los medios”. La pregunta clave aquí es: ¿Nacen o se hacen? Veamos si esto viene de fábrica.

    ¿Pueden cambiar?

    Hay cierta predisposición a “ser difícil” por parte de algunos niños, de manera que no toda la responsabilidad (ni mucho menos la culpabilidad) recae en la educación recibida por parte de sus padres.

    Algunos de ellos, además, tienen hermanos que han vivido bajo el mismo techo y no presentan ese comportamiento negativo y desafiante, si bien es cierto que, si ya presentan esa predisposición y la educación recibida es excesivamente autoritaria o permisiva, la cosa se agrava.

    Este tipo de conductas se puede observar al final de la primera infancia (hacia los seis años de edad), pero cuando manifiestan todo su esplendor (entiéndase mi ironía) es alrededor de los 14-15 años.

    A pesar de que nazcan con cierto chip, la clave para reconducir esa tiranía es la educación. Ésta debe tener la justa medida de varios componentes fundamentales: establecimiento de normas y límites claros así como cariño, afecto, amor y refuerzo de los comportamientos adecuados.

    Las dosis de paciencia, coherencia y persistencia por parte de los padres deben ser casi infinitas. Tarea difícil, pero no imposible. Lo más peligroso es la ausencia, la permisividad y la sobreprotección. Con estos tres ingredientes se vivirá un auténtico infierno en casa.

    Pongamos soluciones

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    Desde la primera infancia, hay que estar muy alerta a una serie de características. En caso de que estén presentes, deben empezar a tomarse medidas. Estos comportamientos y actitudes, entre otros, son:

    - Falta de empatía

    - Falta de culpa o arrepentimiento

    - Baja tolerancia a la frustración

    - Impulsividad

    - Actitud desafiante

    - Egocentrismo

    - El castigo no les importa

    Si se aprecian las características anteriores, ya nos podemos poner manos a la obra. ¿Cómo?

    - Educar con autoridad: establecer normas y límites

    - Reforzar conductas positivas

    - Aplicar consecuencias a las conductas disruptivas

    - Educar desde el afecto: fortalecer la empatía

    Para que todo esto sea efectivo hay que hacerlo de un modo determinado y evitar ciertos errores.

    En este sentido, el mal ejercicio de la autoridad o de afecto puede desencadenar graves consecuencias. Para obtener los resultados adecuados debe quedar claro qué es qué y qué no es qué.

    Cómo ejercer la autoridad:

    1.- Establecer normas razonadas, claras, flexibles y negociables.

    2.- Establecer límites seguros y de protección, claros y breves, constates y coherentes.

    3.- Educar en el “no”.

    Cómo no ejercer la autoridad:

    1.- Adoctrinar.

    2.- Ser severo.

    3.- Ser inflexible.

    Cómo educar en el afecto:

    1.- Escuchar activamente.

    2.- Conectar con las emociones.

    3.- Apoyar y comprender.

    Cómo no educar en el afecto:

    1.- Ser amigo o “colega”.

    2.- Darlo todo y consentir.

    3.- Educar en la evitación del sufrimiento.

    Con las pautas anteriores conseguimos reconducir el comportamiento disruptivo, de manera que el adolescente entiende que no todo en la vida va a salir como él quiere, que debe respetar ciertas normas y límites y que cada acto tendrá una consecuencia (para bien o para mal).

    Del mismo modo, desde la educación en el afecto fomentamos su capacidad empática y la comprensión y regulación de sus propios sentimientos, así como el manejo de su frustración.

    Como todo en este mundo, más vale prevenir que curar. O lo que es lo mismo, mejor educar para no re-educar después. A veces, desgraciadamente, es demasiado tarde.

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