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El peligro de etiquetar a los niños

    El peligro de etiquetar a los niños © Depositphotos.com/Pressmaster

    Vivimos en una especie de carrera por ponerle un nombre “patológico” a la conducta humana, pero ¿qué riesgos conlleva esta moda?

    Si te mueves con cierta regularidad por el mundo de las redes sociales, es probable que hayas leído artículos que empiezan así: “Si tu hijo hace (o no hace) X, es probable que padezca Z, un trastorno psicológico cada vez más extendido”.

    Da la sensación de que hay que encontrarle un nombre clasificatorio a todo comportamiento infantil o adulto que se salga de la norma.

    El peligro de etiquetar a los niños

    Mejor no etiquetar (tanto)

    Parece que hay cierto “morbo intelectual” por bautizar patológicamente el discurrir vital humano.

    “Ahora lo entiendo, no me gusta el sexo porque soy anoréxico/a sexual”,  “como me miro mucho al espejo buscando defectos físicos me han dicho que padezco captotrofilia”, “mi hijo padece un trastorno de oposición porque siempre se opone a mis órdenes”. 

    Aunque parezca ridículo, hay quien se bautiza a sí mismo con mucha alegría, o peor aún, quien lo hace con sus hijos.

    Etiquetarse a uno mismo es nefasto y, rizando el rizo, también puede ser considerado como un trastorno, en este caso de hipocondría.

    Pero lo realmente grave es etiquetar a los niños. Ser bautizado como el disruptivo, el opositor o el “malo”, patológicamente hablando, hace que el niño termine por creérselo, integrando el comportamiento y respondiendo finalmente a las expectativas sobre él.

    El efecto pigmalión

    Se trata del famoso efecto pigmalión en modo negativo: por él, las creencias y expectativas del observador sobre el observado influyen en el comportamiento de este último.

    Si desde pequeño se le hace saber a un niño que padece un trastorno por oposición, que no es otra cosa que mucha rebeldía, el propio nombre del trastorno puede actuar como un acicate-justificador para mantener esas conductas.

    Detrás de algunas de las etiquetas más conocidas está el interés de las grandes empresas farmacéuticas por medicalizar a la sociedad; es su negocio. Cuanta más población sea susceptible a una patología emocional, más clientes potenciales.

    Con esto no quiero decir que todos los nuevos trastornos infantiles sean invenciones interesadas. La comunidad científica no niega realidades como el trastorno de déficit de atención con hiperactividad (TDAH), pero lo que sí parece cada vez más claro es que estamos sobrediagnosticados.

    Baste un dato: en EE.UU se ha incrementado el diagnotisco de TDAH en un 53% en los últimos 10 años entre menores de 4 a 17 años, o lo que es lo mismo, más de 6 millones de personas susceptibles de recibir tratamiento. En ese país, hasta las propias autoridades sanitarias han llamado al orden.

    No perdamos el norte: gran parte de los trastornos infantiles modernos se corregirían simplemente con una buena educación, esto es, aquella que contribuya al desarrollo intelectual y emocional de los niños y les enseñe a asumir unos límites comportamentales básicos.

    Es la mala educación doméstica occidental la que genera la mayoría de los desequilibrios en los niños. Así que pese a la tentación y a la presión de los profesionales de la salud, no etiquetemos (tanto).

    No metamos a los niños en compartimentos estancos que los aíslan de la normalidad por el simple hecho de salirse de la norma en una época de sus vidas.

    No “patologicemos” la infancia ni, peor aún, contribuyamos a que se cataloguen a ellos mismos como individuos patológicos.

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