Hazle un favor a tu hijo: enséñale a esperar

    Hazle un favor a tu hijo: enséñale a esperar © Depositphotos.com/Deklofenak

    Los niños del primer mundo están acostumbrados a ver la mayoría de sus deseos satisfechos con inmediatez.

    Este lógico intento de los padres por dulcificarles la vida de sus hijos está reñido con el funcionamiento de la vida real de los adultos, en la que las cosas llevan su tiempo natural.

    Aprender a esperar supone aprender a resistir la frustración, y la vida está llena de obstáculos frustrantes que superar.

    Así que cuanto antes empecemos, progresivamente, a prepararles para la realidad, mejor para ellos.

    Enséñale a esperar

    En la sociedad consumista en que vivimos, los niños son desde bien pequeños el objetivo comercial de industrias de todo tipo, mientras los padres, por su parte, constituyen la billetera que engorda sus arcas. Los niños son niños, y lógicamente desean, piden y se alegran enormemente cuando consiguen satisfacer sus caprichos.

    Por otra parte, los padres son padres y, para ellos, ver a sus hijos felices y esbozando una sonrisa de satisfacción es lo más bonito del mundo.

    Esta dinámica capricho-sonrisa es el negocio de las multinacionales.

    Ahora bien, esto tiene muchas otras implicaciones educativas, puesto que desde bien pequeños y en multitud de ámbitos los niños se acostumbran a querer las cosas ya, lo cual les hace vulnerables, entre otras cosas, a frustrarse con mucha facilidad ante las dificultades.

    Aprender a esperar en la vida cotidiana

    “¡Mamá!, ¡mamá!, ¡mamá!, ¡mamá!”, gritaba Laura, como si de un disco rayado se tratase.

    Con seis años había aprendido que si repetía hasta la extenuación su deseo de ser atendida por su madre ésta dejaba lo que estuviese haciendo, como mantener una conversación con otro adulto, y centraba su atención en ella.

    Ella se sabía el centro de atención de sus padres, sus proveedores de satisfacción.

    Esto supone la consecuencia natural del consumismo antes descrito, por el que todos los caprichos, incluida la atención de los padres, tienen prioridad sobre el resto de asuntos y de personas. 

     

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      "Si bien los niños pueden ser la prioridad para sus padres, no deben sentirse los amos de éstos"

     

     

    Si bien los niños pueden ser la prioridad para sus padres, no deben sentirse los amos de éstos. Ahí está el límite fundamental que a día de hoy muchos padres no son capaces de distinguir. 

    ¿Qué hacer?

    Muy sencillo: dar pequeñas dosis de frustración, es decir, de vida, aquella que se encontrarán al abandonar el nido y en la que ya no serán los reyes del mambo.

    “No interrumpas a los adultos, espera a que mamá termine de hablar con su amiga y luego te escucharé”, por ejemplo. Sólo con hacerles esperar su turno de palabra se consiguen maravillas.

    O hacerles esperar unos minutos antes de acudir a su habitación por la noche, para que intenten aprender a consolarse por sí mismos. O tratar de que sean ellos quienes superen sus dificultades con los deberes, sin hacer de profesores particulares ante la mínima dificultad.

    Aprender a esperar es, en definitiva, aprender a vivir.

    No depende de modas ni de corrientes educativas; la vida es como es, y si queremos que los niños sean felices hemos de enseñarles herramientas para manejarse en el mundo real.

    Y, como todo en este asunto, cuanto antes lo hagamos más fácil resultará asumirlo. 

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